República Dominicana vende imagen de supermercado. Tiene pasillos anchos en los folletos del Ministerio de Turismo, góndolas llenas en los discursos de inversión y cajas registradoras modernas en los informes del Banco Central. Pero cuando el cliente entra, descubre que la balanza está trucada, la mitad de los productos no tiene precio y el dueño fía más de lo que cobra.
El país crece. Eso dicen los números. PIB arriba, turismo récord, zonas francas exportando. El letrero de neón funciona. Atrae capital, aplausos en foros internacionales y titulares sobre “el milagro dominicano”. El problema es lo que hay detrás del mostrador.
Más del 55% del empleo sigue siendo informal. Eso no es un supermercado, es un ventorrillo: sin facturas, sin seguridad social, sin crédito formal. El Estado lo sabe y lo tolera porque ese ventorrillo amortigua el desempleo que el “supermercado” no puede absorber. Vivimos de la vitrina, pero comemos de la trastienda.
PRECIOS DE IMPORTACION, SALARIOS DE PULPERIA

Nos cobran como si estuviéramos en Miami. Combustibles, electricidad, alimentos y viviendas tienen etiqueta de país dolarizado. Pero pagamos con sueldos de ventorrillo. El salario mínimo no cubre la canasta básica y la clase media se sostiene a base de tarjetas y préstamos. El letrero dice “ofertas”, pero la caja solo pasa la tarjeta en cuotas.
Un supermercado real tiene reglas claras: sanidad, pesas y medidas, garantía al cliente. Aquí las instituciones son el cartón del letrero. La cuenta de compensación de combustibles no se transparenta. Los contratos eléctricos se negocian a puerta cerrada. La justicia es lenta para el pequeño y rápida para el socio. El cliente reclama y el gerente nunca está.
FIAMOS EL FUTURO
El ventorrillo sobrevive porque fía. El Estado dominicano también. Deuda pública por encima del 60% del PIB, subsidios que no se auditan, exenciones que no se miden. Estamos fiando crecimiento a costa de hipotecar las góndolas de mañana. El letrero sigue encendido, pero el inventario es prestado.
No se trata de apagar el letrero. El marketing país ha funcionado y hay que reconocerlo. El turismo, las remesas y las zonas francas son pilares reales. El problema es creernos el eslogan sin arreglar el local.
Un supermercado de verdad exige tres cosas: formalidad, institucionalidad y productividad. Formalizar sin asfixiar al pequeño. Transparentar sin excusas: publicar la cuenta de compensación, las deudas con generadores, el destino real de los subsidios. Y producir más que discursos: educación técnica, energía competitiva, burocracia que no espante al que quiere registrarse.
Mientras tanto, seguiremos siendo un ventorrillo con aires de grandeza. Con letrero de supermercado, música de hilo y pasillos donde el cliente camina con cuidado para no tropezar con la realidad.
Porque el riesgo no es que el cliente se vaya. El riesgo es que un día entre, pida el libro de reclamaciones y descubra que tampoco tenemos.


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