Poco antes del inicio de la pandemia del Covid 19 estuve de visita en New York con mi hijo mayor y mi nieto y nos alojamos en uno de los hoteles del Bajo Manhattan, buscando la facilidad de transporte, tanto para la ciudad como para el interior del país, ya que andábamos en un plan de turismo.
Teníamos que movernos con gran dificultad y pasos muy pequeños sobre estas famosas calles con sus aceras atestadas de miles de personas a cualquier hora del día o de la noche. Recuerdo haber pensado en una ocasión que esta zona de New York, que parecía un verdadero hormiguero humano seguiría igual sin que a la gente le perturbara en lo más mínimo lo que ocurriera en otras latitudes.
Es más, llegué incluso a considerar, que a esos miles de caminantes no los perturbaría ni siquiera la caída de bombas en las cercanías del lugar. Seguirían como si tal cosa en su afanoso caminar. Pero para sorpresa mía, unos meses después, ya de regreso en mi casa pude ver por televisión las mismas calles de Manhattan, donde me resultaba tan difícil caminar, totalmente desoladas, sin que se observara en ellas ni una sola persona a pie o en bicicleta, ni un solo carro.
Lo que me parecía sencillamente imposible se estaba dando, apenas unas semanas después y sin necesidad de bombas ni disparos, sin que siquiera estuviera prohibido salir a la calle aunque fuera tan solo a curiosear. Las personas asustadas e impotentes decidieron encerrarse por su propia cuenta ante su imposibilidad de luchar contra un enemigo al que no podían ver ni escuchar y del que solo sabían que era capaz de causar la muerte a muchos de los que afectaba.
Entonces recordé la inaudita persecución y muerte de los judíos en la Alemania hitleriana durante la Segunda Guerra Mundial. Y también, la inmisericorde destrucción de ciudades y muertes masivas de personas actualmente en Ucrania, cuando pensábamos que la posibilidad de dialogar civilizadamente haría de las guerras experiencias del pasado.
Todo esto nos obliga a pensar que a pesar del gran avance de la ciencia en los últimos 50 años, el hombre no ha cambiado su forma de ser y de pensar. Con gran certeza, teniendo una visión clara del futuro los profetas predijeron que al final de los tiempos no habría ninguna diferencia conductual de los hombres actuales con las que caracterizaron a los antediluvianos.
La única diferencia es que las armas utilizadas en la prehistoria eran los puños y los palos, mientras que ahora son las bombas, los cohetes interoceánicos, las armas químicas y las bacterianas. Es una pena que los progresos de la civilización y la ciencia estén acordes con los tiempos modernos, mientras que la mente y la conducta humanas se han quedado estancadas en el primitivismo.
JPM

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