La decisión del Partido Revolucionario Moderno (PRM), de instruir a sus legisladores para que aprueben una ley que autorice a las organizaciones partidarias a decidir la forma de celebrar sus primarias, debe estar en el prefacio de cualquier libro sobre táctica elemental, porque retorna al partido rival una crisis que ya estaba en el ámbito legislativo y social.
El PRM, que pregonaba para que a la Ley de Partido le fuera insertada la obligación de primarias cerradas, aun fueran simultaneas, acepta ahora que cada organización decida si escoge sus candidatos mediante elecciones abiertas, con el padrón de la Junta Central Electoral (JCE).
Ese partido tiene los votos suficientes para completar la matricula calificada de aprobación, tanto para la propuesta de solo primarias cerradas o abierta, como para la fórmula del libre albedrio, por lo que la suya ha sido una jugada política obvia, que se caía de la mata.
El candente tema de la Ley de partidos ha sido devuelto al Comité Político del PLD, que en un inusual gesto de irresponsabilidad había dejado en manos de los legisladores del PLD la suerte de ese estatuto, a sabiendas de que ya afectaba la unidad de la organización.
La mayoría congresual peledeista no encontró la piedra filosofal que le encomendó traer el CC del PLD, por lo que los mensajeros han retornado a los altares sin el remedio que cura todos los males y garantiza eterna juventud. Ahora, ese Consejo de Ancianos tendrá que afrontar el problema, porque se agotaron las excusas.
Al presidente de la Republica y al presidente del Partido les corresponde señalar con propios índices la estrella que conduce directamente al escenario donde debe nacer esa ley y con ella el renacer de una unidad partidaria sostenida en principios.
Con extremada indulgencia mediática y como su fuera una finca, el liderazgo del PRM se repartió ese partido en extraña convención donde se impuso el silencio. Ahora, desde los medios de comunicación “se agradece” a su dirección “la salvación” de la Ley de Partidos, cuando lo que hizo fue devolver la pelota al PLD.
La obra de gobierno del presidente Danilo Medina es también del PLD, aun si fuera mala, regular, buena, muy buena o excelente, como también el Partido es compromisario del Gobierno, por lo que ningún actor principal o secundario debe abrogarse derecho de promover separación o divorcio.
Hasta donde se tiene conocimiento, las contradicciones en el PLD no han llegado a la condición de diferencias ideológicas o de principio, sino a la de pugnas por candidaturas electivas, que no tendrían final feliz, sin entender cosas tan elementales como resolución de conflictos, unidad en la diversidad y centralismo democrático.
La dirección del PLD debe admitir que su contraparte, el PRM le asesto un gran derechazo sobre el mentón, al instruir a sus legisladores que aprueben la Ley de Partidos, con libre albedrio sobre las primarias. La culpa por ese golpe recae en el Comité Político, que quiso esquivarlo con un vergonzoso retroceder.


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