Como suele suceder con las comunidades olvidadas, no tanto por su distancia geográfica sino por las carencias materiales, Pedernales ha sido noticia estos días como consecuencia de la delictiva incursión de ilegales haitianos que quitaron la vida a dos ciudadanos de trabajo.
El interés por la ciudad y la provincia motivó la presencia de medios de comunicación que en otras circunstancias no toman en cuenta esa demarcación, a menos que pueda generar titulares. Es justo lo que ha pasado.
Pero en Pedernales subsisten otras realidades que impactan terriblemente a sus pobladores. Es precisamente lo que motiva la indetenible presencia de inmigrantes haitianos que tienen ese destino al alcance de una simple alambrada.
Se sabe que los haitianos, asediados por las carencias, muchas veces se aventuran en una embarcación precaria hacia ninguna parte, y cuando arriban a algún punto en el Caribe son regresados de inmediato a sus tierras.
¿Entonces, para qué aventurarse si tienen un poco de mejoría en sus vidas con sólo cruzar una rústica palizada donde, generalmente, la vigilancia está ausente? Es una paradoja, pues mientras los haitianos ven esa posibilidad, Pedernales se ha ido quedando vacía por la falta de oportunidades, principalmente para su gente más joven.
¿Qué pasó para que en pocos años una situación económica promisoria cambiara de forma tan radical? Empecemos por recordar que sus tres fuentes más importantes de ocupación de mano de obra desaparecieron, dejando a los habitantes de Pedernales sólo con la opción de emigrar hacia la capital de la República en busca de mejor vida.
El primer golpe a las esperanzas de mucha gente se recibió cuando el celo medioambiental que florece en la capital, donde no se toman en cuenta otros factores que no sea el cuido de bosques y especies, obligó a la suspensión de toda actividad minera en una provincia que se levantó y mantuvo bajo el amparo de la minería a través de la Alcoa Exploration Company responsable de la extracción y exportación de bauxita.
De repente desapareció la minería, cerró Cementos Andinos, otra fuente de trabajo, y la zona franca fue arruinada por políticas inexplicables de la pasada gestión en Aduanas, lo cual provocó el colapso de la actividad económica y la consiguiente salida de cientos en busca de mejor suerte.
Hubo alguna esperanza de reactivación económica cuando se anunció que el empresario José Luis Corripio había adquirido Cementos Andinos, pero el señor Corripio ha congelado esa franquicia, en tanto la cementera está inactiva.
Con un cuadro tan desolador, quienes no se acostumbran a ver cada día salir y ponerse el sol sin esperanza, han preferido hacer maletas. Justo ahí, haitianos, disolutos y muchos delincuentes, han ocupado el espacio.


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