La violencia no comienza con la primera galleta. Empieza mucho antes: en las emociones que se reprimen, en las desigualdades que se enseñan sin nombrarlas y en las formas en que aprendemos a relacionarnos.
La hemorragia de feminicidios en el mes de las madres nos obliga a preguntarnos dónde gestamos la violencia. Seguimos discutiendo el problema cuando ya hay una mujer asesinada, un suicidio o una familia destruida. Llegamos tarde.
La OMS ha señalado que los primeros años de vida son fundamentales para el desarrollo emocional y para aprender empatía y resolución de conflictos (OMS, 2023). Por eso, el preescolar es uno de los pocos lugares donde una sociedad todavía puede intervenir antes de que la violencia se convierta en conducta.
Ningún niño nace con la violencia escrita en la piel. Ese comportamiento se construye socialmente.
Muchos niños crecen aprendiendo que ser hombre significa imponerse. Se ridiculiza el llanto masculino, se premia la agresividad y se enseña que ceder equivale a debilidad. Poco a poco, algunos aprenden a esconder el miedo, la tristeza y la ternura hasta convertir el dolor en silencio.
UNESCO ha señalado que la educación socioemocional en el preescolar fortalece relaciones saludables y ayuda a prevenir violencia y estereotipos dañinos dentro y fuera de las escuelas (UNESCO, 2023).

Reconocer emociones, respetar límites, resolver conflictos sin agresión y desarrollar empatía no son aspectos secundarios de la educación. Son herramientas fundamentales para prevenir violencia y proteger la salud emocional de nuestros niños.
Educar en igualdad no significa borrar las particularidades entre las personas. Significa enseñar que ninguna condición justifica violencia, humillación o subordinación.
También significa enseñar algo que muchos hombres nunca aprendieron: perder forma parte de la vida. Perder una discusión, una relación o aceptar un límite sin sentir que la dignidad desaparece con ello.
Muchas violencias nacen precisamente de esa incapacidad emocional para tolerar frustración, rechazo o límites. Por eso, educar sin violencia implica cuestionar prácticas cotidianas que siguen formando relaciones desiguales desde la primera infancia: premiar conductas temerarias como prueba de hombría, asociar liderazgo exclusivamente con varones.
En medio de una sociedad violenta, la escuela puede ser uno de los pocos lugares donde todavía se aprende a convivir sin miedo. La violencia no se detiene en la cárcel. Se previene en las aulas, especialmente en las del preescolar.
Debemos preguntarnos qué tipo de ciudadanía estamos formando desde la infancia. Porque tal vez el verdadero fracaso de nuestra sociedad no sea solamente producir feminicidios. Tal vez sea seguir educando niños sin enseñarles que la vida de los otros —y la de ellos mismos— también importa.


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