Por años, el presidente Nicolás Maduro Moros gobernó Venezuela amparado en el miedo, la represión, el hambre y la impunidad internacional. Se sostuvo sobre una estructura de poder corroída por la corrupción, el narcotráfico, la violación sistemática de los derechos humanos y la persecución despiadada contra un pueblo que solo reclamaba libertad, democracia y pan.
La información que ha sacudido al mundo fue el apresamiento del gobernante dictador venezolano, más allá de los debates legales y geopolíticos que inevitablemente genera, marca un antes y un después en la historia reciente de América Latina. Porque no se trata solo de un hombre detenido y apresado, sino del derrumbe simbólico de un modelo autoritario que convirtió a una de las naciones más ricas del continente en un país empobrecido y expulsor de millones de sus hijos hacia otros países.
El dictador Maduro Moros no es un presidente común. Es el heredero de un proyecto que secuestró las instituciones, destruyó la economía, cercenó la democracia, anuló la independencia de los poderes del Estado y utilizó la justicia como instrumento de venganza y persecución política. Bajo su régimen, Venezuela dejó de ser una República para convertirse en un feudo donde la ley solo aplicaba a los adversarios, nunca a los aliados del poder.
Durante muchos años, la comunidad internacional miró hacia otro lado. Se toleraron abusos, se relativizaron crímenes y se negoció con la tragedia humana de un pueblo. Hoy, esa tolerancia parece haber llegado a su límite. Y cuando la impunidad se quiebra, aunque sea de manera abrupta y polémica, el mensaje es claro: ningún poder es eterno, ninguna dictadura es invulnerable.

No celebramos la violencia ni la intervención como norma, pero tampoco podemos ignorar que la justicia internacional ha sido lenta, tímida y muchas veces cómplice por omisión. Cuando los mecanismos institucionales fallan, los pueblos quedan a merced del autoritarismo. Y eso también es una forma de violencia.
El apresamiento y extradición del ex gobernante de Venezuela, Nicolás Maduro, debe abrir paso no al caos, sino a una transición real, ordenada y democrática. Venezuela no necesita venganzas, necesita justicia; no necesita más caudillos, necesita institucionalidad; no necesita discursos ideológicos vacíos, necesita soluciones concretas para su gente, que puedan guiarse y sostenerse por ellos mismos sin represión ni autoritarismo.
América Latina debe aprender la lección. Los presidentes y líderes que se creen intocables, que confunden el poder con propiedad privada y el Estado con partido, terminan tarde o temprano enfrentando las consecuencias. La historia no absuelve a los tiranos y traidores, por el contrario; los exhibe.
Hoy más que nunca, el clamor del pueblo venezolano debe ser escuchado. Y el mundo tiene la responsabilidad de acompañarle en la reconstrucción de ese país, promover y auspiciar un proceso para que devuelva a Venezuela la democracia, dignidad, prosperidad, libertad y esperanza que le fueron arrebatadas. Porque ningún poder construido sobre el sufrimiento del pueblo puede sostenerse para siempre.
jpm-am


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