El escenario internacional está experimentando una profunda transformación. El mundo relativamente unipolar que surgió después del final de la Guerra Fría está dando paso a un sistema más competitivo, en el que China, India, Rusia y la Unión Europea adquieren cada vez mayor protagonismo.
Sin embargo, esta nueva realidad no significa el fin del liderazgo estadounidense. Estados Unidos continúa siendo la principal potencia económica, financiera, tecnológica y militar del mundo, aunque su supremacía ya no sea incontestada.
En este contexto debe analizarse la segunda administración de Donald J. Trump. Sus políticas han provocado fuertes controversias dentro y fuera de Estados Unidos, pero también han producido cambios importantes en la política estadounidense.Trump ha colocado nuevamente en el centro de su gobierno el principio de “America First”, basado en el fortalecimiento de las fronteras, el estímulo a la producción nacional, la reducción de determinadas cargas tributarias, la expansión de la producción energética y el uso de los aranceles como instrumento para proteger industrias estadounidenses y negociar con sus socios comerciales.
Sus partidarios consideran que estas medidas buscan recuperar empleos industriales, reducir la dependencia de proveedores extranjeros y fortalecer la seguridad económica nacional. Economistas como Stephen Moore han defendido la orientación tributaria de Trump y su potencial para estimular el crecimiento.
Pero también existen importantes voces críticas. Especialistas como Edward Alden han cuestionado el uso extensivo de los aranceles, mientras que la historiadora Anne Applebaum ha advertido sobre los posibles efectos de algunas políticas de Trump sobre las instituciones democráticas y las alianzas tradicionales de Estados Unidos. Estas posiciones críticas no deben ser confundidas necesariamente con antiamericanismo. En una democracia, cuestionar al gobierno es legítimo y necesario. Defender a Estados Unidos tampoco significa considerar acertadas todas sus políticas.
Lo que resulta difícil negar es la extraordinaria capacidad de poder que conserva la nación estadounidense. Estados Unidos posee una de las economías más grandes y diversificadas del planeta, empresas tecnológicas líderes, universidades y centros de investigación de primer nivel, mercados financieros profundos, capacidad militar global y una enorme capacidad para atraer capital y talento internacional.
A ello se suma el papel del dólar como principal moneda de reserva internacional y una extensa red de alianzas económicas, militares y políticas que ningún otro país ha conseguido reproducir en la misma dimensión. China constituye hoy su principal competidor económico y tecnológico. Su extraordinario crecimiento, capacidad industrial y desarrollo tecnológico han modificado el equilibrio mundial. Rusia conserva una formidable capacidad militar y nuclear; India aumenta rápidamente su peso económico y tecnológico, y la Unión Europea continúa siendo una potencia económica de primer orden.
Pero ninguno de estos actores reúne individualmente la combinación de capacidades económicas, financieras, militares, tecnológicas, diplomáticas y culturales que posee Estados Unidos.
Existe además otra dimensión frecuentemente olvidada: el poder de atracción estadounidense. La libertad de expresión, el pluralismo político, la libertad empresarial, la investigación científica, sus universidades, la innovación tecnológica y la posibilidad de cuestionar al gobierno han contribuido durante décadas al llamado soft power de Estados Unidos.
No obstante, Washington también enfrenta importantes desafíos internos. La polarización política, los déficits fiscales, el crecimiento de la deuda pública, las tensiones sociales y la pérdida de confianza en determinadas instituciones pueden convertirse en amenazas tan importantes como sus competidores externos. La historia demuestra que las grandes potencias no solamente pierden su posición por la acción de sus adversarios; también pueden debilitarse como consecuencia de sus propias divisiones internas.
La política comercial constituye otro de los grandes debates.Estados Unidos tiene razones legítimas para proteger sectores estratégicos como los semiconductores, la inteligencia artificial, las telecomunicaciones, los minerales críticos, los medicamentos y determinadas tecnologías vinculadas con la seguridad nacional.
En política exterior, la administración Trump ha mostrado una disposición mayor a utilizar el poder económico y militar estadounidense para alcanzar objetivos estratégicos. La captura de Nicolás Maduro en enero de 2026 y el incremento de la presión contra Irán son ejemplos de una política exterior más firme y menos inclinada a aceptar los límites tradicionales de la diplomacia estadounidense. Estos acontecimientos han generado respaldo entre quienes consideran que Washington debe utilizar su poder con mayor determinación, pero también preocupación entre quienes temen que el unilateralismo pueda debilitar las alianzas y las instituciones internacionales.
El debate, por tanto, no debería reducirse a estar “a favor” o “en contra” de Donald Trump. La pregunta fundamental es otra: ¿qué necesita Estados Unidos para conservar su liderazgo durante las próximas décadas?
Necesita seguir siendo competitivo, innovador y atractivo para el talento mundial. Necesita fortalecer su economía, invertir en ciencia y tecnología, controlar sus desequilibrios fiscales y mantener una poderosa capacidad militar. Pero también necesita preservar las instituciones democráticas, el Estado de derecho y las libertades que han constituido una parte fundamental de su poder de atracción.
Y existe una pregunta sencilla que todavía ayuda a medir su poder de atracción: ¿cuántas personas en el mundo estarían dispuestas a abandonar su país para comenzar una nueva vida en Estados Unidos?La respuesta sigue diciendo mucho sobre el lugar que ocupa Estados Unidos en el mundo.
El nuevo orden mundial será más competitivo y probablemente más multipolar. Pero Estados Unidos todavía está lejos de haber dejado de ser su principal protagonista.
of-am


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