POR GERARDO CASTILLO JAVIER
«—Las proezas más claras pierden su lustre si no se les amoneda en palabras ()». Así habló el rey al poeta en «El espejo y la máscara», uno de los cuentos de El libro de arena (1975), de Jorge Luis Borges. La comparación, esa forma velada de la metáfora, nos ilustra el valor de la tradición oral como soporte de la experiencia y salvaguarda de la memoria humana.
Tal es la importancia de la tradición oral que, sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que de ella nacen los fundamentos de la cultura que conocemos hoy en todo el mundo. Ya fuese para afirmarla y repetirla con las consabidas variaciones y recreaciones o ya fuese para negarla, ella fue el punto de partida.
Y además de ser légamo surtidor de lo que hemos llegado a ser, la tradición oral funcionó y funciona como la red de comunicación que, como la muerte, a todos nos hace iguales. Y es que de la horizontalidad en las relaciones sociales surgió la base de la cultura humana. Sin embargo, con la aparición de la religión nos llega la información privilegiada.
De manera que sin la oralidad no existiría la cultura. Sabemos que el ser humano interpretó y organizó el mundo a partir de la palabra y la comunicación. Y que, en principio, la comunicación fue exclusivamente oral, y a pesar del desarrollo tecnológico en todos los órdenes, la oralidad retiene una parte importante de vigencia. El poder de perpetuarse le es conferido porque posee un carácter colectivo que tiene entre sus consecuencias hacer de los saberes un recurso al que todos tienen acceso.

Dentro del amplio universo de la tradición oral, la literatura ha construido un espacio que nos ayuda apreciar la grandeza y la extraordinaria sabiduría de nuestros ancestros. En gran medida, tales aportes llegan a nosotros gracias a la escritura y al trabajo de muchas mujeres y hombres que, conscientes de su valor, se dedicaron a preservarlos.
Mientras leía y era partícipe de un encuentro entre los hombres destacados del pueblo, recordé a Erenia D`Meriton, una gran amiga de siempre y su interés por la carga de sabiduría y la fuerza espiritual que guardan los refranes. En el relato novelesco, para rematar un breve parlamento, uno de los hombres de la aldea cerró con un refrán: «Tiene que tener algún motivo. Un sapo no se echa a correr a la luz del día sin más ni más.»
A principios de este nuevo siglo, de la pluma de Erenia D`Meriton salió a la luz: Lista de proverbios tradicionales-República Dominicana. El texto se publicó en español, ruso e inglés. La formación académica acrecentó su sensibilidad por la tradición oral, pero tengo la certeza de que, bajo el influjo de Antoine Abel y Michael Savy, dos grandes escritores de Seychelles, su interés se hizo mayor. Y aproximadamente 25 años después, mientras leo a Achebe, vienen a la memoria la alegría del hecho y la breve compilación de refranes dominicanos recogidos por mi amiga, la Dra. D`Meriton.
La globalización económica, que abiertamente pretende convertirse en globalización de una cultura, es una amenaza a la diversidad cultural, a las tradiciones orales y, en especial, a la literatura oral y los géneros que la constituyen.
jpm-am

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