POR EDWIN DE LA CRUZ
Hay escenas que duran apenas unos segundos, pero dejan preguntas que permanecen mucho más tiempo en la memoria.
Me ocurrió en el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas, cuando emprendía mi viaje de regreso a Santo Domingo. Después del control migratorio comenzó un largo recorrido hacia la puerta de embarque. Caminatas interminables, escaleras eléctricas, un tren interno y, en medio de todo ese trayecto, una dinámica que llamó mi atención.
En dos puntos distintos del recorrido, los pasajeros éramos dirigidos por carriles diferentes. De un lado, quienes portaban pasaporte de un país de la Unión Europea; del otro, quienes viajábamos con pasaportes de otras nacionalidades. Todos nos dirigíamos exactamente al mismo destino: la puerta de embarque.
Por eso me resultó curioso encontrar esa separación para la salida de España. No era una crítica ni una queja; simplemente era algo que, hasta ese momento, no había visto en otros aeropuertos durante un proceso de embarque.
Fue entonces cuando ocurrió una escena que me dejó pensando.
Una señora, a quien por sus rasgos identifiqué como dominicana, se incorporó naturalmente a la fila destinada a quienes no poseíamos pasaporte europeo. Minutos después, un oficial revisó su documento y, con absoluta corrección, le indicó que debía pasar a la otra fila. Su pasaporte era europeo.
La escena terminó ahí. Apenas unos segundos. Sin embargo, mi reflexión apenas comenzaba.
Nunca sabré por qué aquella señora escogió esa fila. Tal vez fue una simple distracción. Quizá el cansancio del viaje le jugó una mala pasada. O tal vez, y esta es únicamente una interpretación personal, durante un instante pesó más en ella la identidad con la que ha vivido buena parte de su vida que el documento que hoy la acredita como ciudadana europea.
Los pasaportes abren fronteras, pero las raíces suelen abrir recuerdos.
La nacionalidad jurídica puede cambiar. El lugar donde uno vive también. Incluso pueden cambiar las costumbres, el idioma o el acento. Pero hay algo mucho más difícil de modificar: ese sentimiento íntimo de pertenencia que proviene de la tierra donde crecimos, con la familia, con los sabores, con la música y con las historias que nos formaron.
Quizás aquella señora simplemente se equivocó de fila.
O quizás, por un instante, el pasaporte del corazón habló antes que el pasaporte en su mano.
Nunca lo sabré.
Pero aquella escena me recordó que, aunque los documentos definan nuestra nacionalidad ante las autoridades, hay una identidad mucho más profunda que ningún trámite administrativo puede sustituir: la que llevamos grabada en la memoria, en los afectos y en el alma.
Y esa, afortunadamente, no necesita ser mostrada en ningún control migratorio.
of-am


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