La evolución, invento intransferible de la voluntad de las especies en sobrevivir a las condiciones más adversas de la vida, nos otorga a los humanos, la categoría de animales inteligentes en vías de extinción.
El diálogo entre cibernautas lo confirma, el hecho irrefutable de reunirse bajo el estigma de una atmósfera donde gobierna el silencio, en la cual, los personajes principales están ausentes.
Se avecina una era en la que reinará la mudez, en busca de un nuevo sistema de señales que las especies adopten.
En la actualidad, son menos los que leen, pocos los que escuchan y muchos, los que desean ser interpretados.
Tal desierto o aridez de la comunicación, engendrará un nuevo ser dotado de características que aún ignoramos y que ya aparecen presentes en el nuevo código genético de comunicación cibernética.
La destrucción de la gramática castellana, como instrumento artístico y científico del lenguaje es una alerta de lo que viene.
Los humanos, transformados en otros seres, no nos comunicaremos con los sentidos que conocemos.
El habla, a falta de su manejo, se pierde, puesto que hemos casi perdido el oído: causa de las guerras.
Las destrezas del discurso oral han mermado. El tartamudeo aflora, las repeticiones, los vicios del habla, muletillas.
Existe un abismo entre la época en la que Cicerón defendió a Sula, los derechos de una mujer , por medio de un verbo inexpugnable, a los churros que se oyen en la radio y televisión y que emanan de las personas más influyentes.
Los órganos de la fonación serán sustituidos a medida que se degenere o evolucione ante la impureza y envenenamiento del lenguaje.
La diversidad de las especies a través de un proceso de billones de años es una prueba de lo afirmado.
No podría ser de otro modo. No nos imaginamos a los terrícolas convertidos en marcianos anunciando en Marte la venta de Don Quijote.
La evolución no se detiene en su marcha irresistible hacia una nueva realidad. Nos guste o disguste, querámoslo o neguémoslo, la evolución dispone, no propone.
El habla humana se pierde, de modo que nos adaptemos a las grandes colisiones del planeta, a los estruendos descomunales, propicios de la destrucción en busca de restaurar el paisaje o sustituirlo, bajo condiciones diferentes.
El habla, como le conocemos, se pierde, así como la escritura. La evolución tiene la palabra. No lo percibimos porque estamos inmersos en nuestras obligaciones innecesarias, en la búsqueda del mendrugo de pan de mañana, a causa de la iniquidad de los estados y de un planeta, cada vez, más regido por la injusticia, de los que quieren gobernarle a sus antojos, a cambio de que se les inmortalice.
Lo confirma además, la mutación de las especies, en sus intento de sobrevivir a la lucha feroz por la existencia, provocada por la sobrepoblación, el maltrato al ambiente, y el desequilibrio de la cadena alimenticia.
¡Hostilidad del medio que engendrará una realidad desconocida!
jpm


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