Uno de los argumentos más repetidos contra una eventual candidatura presidencial de David Collado es que carece del control territorial y de las estructuras partidarias del Partido Revolucionario Moderno para imponerse en una convención interna.
La premisa parte de una lógica tradicional: en la política dominicana, quien domina las bases suele dominar la candidatura. Pero esa lectura podría estar ignorando un cambio de época.
La fortaleza de Collado parece descansar en una estrategia distinta: construir una presión política desde la opinión pública para alterar la correlación de fuerzas dentro del partido.
No busca, al menos por ahora, disputar el control de los organismos internos, sino convertir su alta valoración ciudadana en un factor de presión sobre los dirigentes que sí controlan esas estructuras.
Es una táctica conocida en política. Cuando un aspirante no posee la maquinaria, procura elevar el costo político de ignorarlo. Si las encuestas lo mantienen competitivo, si el empresariado lo observa con interés y si la ciudadanía lo identifica como una opción ganadora, las estructuras comienzan a preguntarse si conviene enfrentarlo o sumarse a él. La presión externa empieza a erosionar las resistencias internas.
Sin embargo, esa estrategia también tiene límites. La popularidad no siempre se traduce en votos partidarios. Las convenciones las ganan delegados, dirigentes y operadores que responden a dinámicas muy distintas de las mediciones nacionales.
La historia política dominicana registra más de un favorito de las encuestas que terminó derrotado por carecer del músculo organizativo suficiente.
El verdadero desafío de Collado consiste en transformar el capital simbólico en capital político. Es decir, convertir simpatía en lealtades, aprobación en organización y prestigio en estructura.
Sin esa transición, la presión externa puede convertirse en una demostración de fuerza mediática, pero insuficiente para conquistar la candidatura.
La incógnita, entonces, no es si puede seguir creciendo fuera del PRM. La pregunta decisiva es si ese crecimiento obligará a las estructuras internas a reacomodarse.
Porque en política las maquinarias no son inamovibles: cuando perciben que el poder cambia de dirección, suelen moverse antes de que sea demasiado tarde.
Allí podría residir la verdadera apuesta estratégica de David Collado: no derrotar inicialmente a las estructuras, sino persuadirlas de que resistirse puede resultar más costoso que respaldarlo.
of-am

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