En algún momento comenzamos a confundir las cosas. Al tramposo le llamamos “vivo”; al que engaña en un negocio, “tiguere”; al que utiliza sus influencias para adelantarse a los demás, “inteligente”; y al que consigue dinero sin importar los métodos, muchas veces terminamos admirándolo porque “supo buscarse lo suyo”.
Cuidado. Una sociedad comienza a enfermarse cuando cambia el nombre de sus defectos para convertirlos en virtudes.
Durante más de 26 años presidiendo la Fundación Todo Es Posible he tenido contacto directo con diferentes realidades de la sociedad dominicana. He conocido comunidades, familias, jóvenes, trabajadores, profesionales y personas que enfrentan diariamente enormes dificultades. Y algo tengo claro: a este país no le falta inteligencia.
Aquí sobra talento. Lo que necesitamos fortalecer urgentemente son los valores que deben acompañarlo.
Porque una persona extraordinariamente inteligente sin principios puede hacer muchísimo daño. Tendrá mayor capacidad para engañar, mejores argumentos para convencer, más creatividad para esconder una trampa y posiblemente mayores habilidades para evitar ser descubierta.
Lo hemos visto de distintas maneras a través del tiempo y no solamente en República Dominicana. El mundo ha conocido grandes fraudes empresariales, escándalos institucionales y acontecimientos que terminaron perjudicando a millones de personas. Detrás de muchos de ellos no había personas incapaces. Todo lo contrario: había gente preparada utilizando su inteligencia en la dirección equivocada.
Ese es precisamente el peligro.
Tenemos que revisar también nuestro lenguaje cotidiano porque las palabras terminan educándonos.
Cuando alguien engaña a otra persona y decimos que “se la buscó”, estamos suavizando una conducta incorrecta. Cuando alguien viola una regla y celebramos que “fue más inteligente”, estamos enviando un mensaje. Cuando un joven observa que quien hace las cosas correctamente tarda años en avanzar mientras otro obtiene resultados mediante trampas y encima recibe admiración social, ¿qué estamos enseñándole?
No podemos formar generaciones creyendo que ser honrado es ser tonto. Ese pensamiento destruye una nación desde adentro.
El comerciante que engaña a su cliente termina destruyendo la confianza. El ciudadano que viola las reglas perjudica la convivencia. El funcionario que utiliza una responsabilidad pública para intereses particulares debilita las instituciones. El profesional que sacrifica principios por dinero degrada su profesión. Y el ciudadano que celebra esas conductas ayuda, quizás sin darse cuenta, a convertirlas en normales.
Por eso necesitamos una revolución de valores
Tenemos que volver a admirar al que trabaja, al que cumple su palabra, al que devuelve lo que no le pertenece, al que respeta una fila aunque pueda colarse, al empresario que prospera limpiamente y al servidor público que entiende que administrar recursos colectivos constituye una responsabilidad enorme.
República Dominicana puede convertirse en una nación todavía más grande. Tenemos creatividad, capacidad, ubicación, recursos y una población que ha demostrado innumerables veces su capacidad para levantarse.
Pero ningún país construye verdadero desarrollo solamente acumulando gente inteligente.
Necesitamos ciudadanos con principios.
Porque una nación donde cada cual intenta ser más “vivo” que el otro termina atrapada en una competencia absurda donde todos quieren ganar individualmente mientras el país pierde colectivamente.
Quizás ha llegado la hora de cambiar nuestra definición del éxito. No admiremos solamente a quien llegó lejos. Preguntemos también cómo llegó.
Porque ser inteligente es una virtud. Ser deshonesto nunca lo será.
jpm-am

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