La 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas está en pleno desarrollo, convertida nuevamente en escenario de posiciones divergentes entre más de 150 jefes de Estado y de Gobierno que han pasado por su tribuna. Guerras, comercio, inteligencia artificial, migración, cambio climático y seguridad internacional dominan una agenda particularmente complicada.
Pero entre tantos discursos hubo uno que merece especial atención desde América Latina y el Caribe. No solamente porque procediera del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sino por el mensaje que dejó sobre la política que Washington pretende aplicar en nuestro hemisferio.
Desde su regreso a la Casa Blanca, Trump ha impulsado cambios significativos en la relación estadounidense con la región. Aranceles, endurecimiento migratorio y una ofensiva mucho más agresiva contra el narcotráfico forman parte de esa nueva realidad.
La presencia militar estadounidense en el Caribe y el Pacífico, los ataques contra embarcaciones señaladas como transportadoras de drogas y, especialmente, la operación que terminó con la captura de Nicolás Maduro en Caracas y su traslado a una cárcel en Nueva York, representan manifestaciones concretas de hasta dónde Washington está dispuesto a llegar.
América Latina, históricamente considerada el “patio trasero” de Estados Unidos, nunca ha permanecido ajena a la influencia de Washington. La geografía, el comercio, las inversiones, la seguridad y la migración han construido una relación demasiado profunda para imaginarla de otra manera.
Millones de latinoamericanos han encontrado además en Estados Unidos una salida frente a las limitaciones económicas de sus países. Esa emigración ha servido como válvula de escape para sociedades incapaces de crear suficientes oportunidades y, paradójicamente, también ha provocado una fuga de profesionales indispensables para impulsar el desarrollo.
Lo novedoso ahora es la contundencia del mensaje.
Trump reivindicó ante Naciones Unidas una versión actualizada de la Doctrina Monroe, bautizada por él mismo como “Doctrina Donroe”, y aseguró que Estados Unidos utilizará, si lo considera necesario, su poderío militar para proteger sus intereses vitales en el hemisferio.

Y aquí aparece la pregunta inevitable: ¿cuáles intereses?
¿Hasta dónde termina la legítima preocupación estadounidense por el narcotráfico y dónde comienza el derecho de cada nación a ejercer plenamente su soberanía, administrar sus recursos naturales y desarrollar una política exterior propia?
No es una interrogante menor.
Especialmente porque la advertencia llegó acompañada casi inmediatamente por una demostración de alineamiento regional.
Horas después de su discurso, Trump encabezó en Nueva York una reunión del Escudo de las Américas, iniciativa liderada por Washington e integrada por 15 gobiernos. Allí se anunció una primera acción conjunta contra 24 organizaciones criminales, mediante sanciones, congelamiento de activos, restricciones de visados y otras medidas.
Combatir el narcotráfico y el crimen organizado constituye una obligación de cualquier Estado responsable. Nadie sensato puede defender organizaciones que asesinan, extorsionan, trafican drogas y desafían abiertamente a las instituciones.
El problema está en otra parte.
Todavía falta conocer con suficiente claridad cómo funcionará esa cooperación, qué participación operativa tendrá Estados Unidos dentro de los países miembros, cuáles serán sus límites y hasta dónde podrán desarrollarse acciones estadounidenses en territorios nacionales.
Son detalles demasiado importantes para dejarlos exclusivamente en manos de comunicados diplomáticos.
Trump incluso ofreció intervenir contra los carteles dentro de países aliados cuando esos gobiernos no puedan combatirlos por sí mismos.
Y sobre la mesa está el precedente venezolano.
El propio mandatario estadounidense presentó la captura de Maduro como prueba de que Washington posee tanto la capacidad como la voluntad de actuar cuando entiende amenazados sus intereses hemisféricos.
Por eso la discusión no debería reducirse a estar con Washington o contra Washington.
La verdadera cuestión es cómo enfrentar amenazas comunes sin convertir la cooperación en subordinación.
Por ahora, buena parte de América Latina parece alineada con la estrategia estadounidense. Pero la historia regional aconseja observar cuidadosamente cualquier doctrina que combine intereses nacionales de una gran potencia, despliegue militar y derecho unilateral de intervención.
La pregunta que queda después del discurso de Trump en Naciones Unidas es sencilla, aunque incómoda:
¿Estamos frente a una nueva política de cooperación hemisférica o ante el regreso, con otro nombre y métodos mucho más contundentes, de la vieja doctrina del patio trasero?

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Somos un paisito sin importancia y dependemos del imperio para todo, desde luego que tenemos que hacer lo que nos manden.
POR OTRO LADO VEMOS COMO ORGANISMO COMO EL ICE, MALTRATAN A LOS MIGRANTES ESPECIALMENTE LATINOAMERICANOS Y LOS » PRESIDENTE.» INCONDICIONALES DE DO TRUMP…NUNCA HAN DICHO NADA, PARECE NO IMPORTARLES. ESE MALTRATO. POR OTRO LADO NO VEO ESE AFAN DE LUCHAR CONTRA LOS CARTELES DENTRO DE EEUU, YO PODRIA NOMBRAR MAS DE 20 CIUDADES DE NORT AMERICA PERDIDAS EN DROGAS, ETUPEFACIENTES Y DELINCUENTES, PERO ESO A DT, PARECE NO IMPORTARLE.