Su pelo rizado y abundante se movía libremente sin poder ocultar el bulto que colgaba sobre su espalda. Era media tarde y el sol tostaba la piel de los convocados y de los improvisados transeúntes que espontáneamente se iban aglomerando en la misma mitad de la carretera.
Momentos antes ella había descendido del bus que la transportaba desde las aulas hasta la casa. Sus ojos brillaban con una luz que se superponía a la del sol y sus labios conservaban la misma sonrisa de la madrugada.
La entrada del pueblo era una réplica de otros tantos, más bien de muchos. Una vieja casona, una bodega, una barra y una esquina donde los motoconchos desde muy temprano se agolpaban a esperar los mismos clientes de siempre.
Aquella tarde el parque estaba solo porque la gente no buscaba esparcimiento. La gente buscaba otra cosa, la gente buscaba sueños, la gente buscaba esperanza. ¿Por dónde viene? ¿Dónde está? ¿Qué tiempo falta? ¿A qué hora llega? Se preguntaban entre sí.
La esperanza se veía en los gestos y en la mirada de la multitud que esperaba ansiosa. Se respiraba, se olía y se sentía en el ambiente. Se percibía en el aire, en el verdor de los árboles y en el calor que emanaba desde el asfalto y la tierra mojada.
Hacía ya muchos años que se había convertido en un sentimiento tan profundo que el tejido social se bañaba en sus ideas. Cada célula estaba impregnada de sus obras y sus acciones.
Es una luz, es un camino donde convergen los sueños de la Patria. El niño que cuenta y canta, la madre que amamanta y ama, el hombre que trabaja y piensa y la juventud que busca en google conocimientos y destrezas.
Arrugadas junto al tiempo posan las consejeras del pueblo que no esconden sus deseos de abrazarle y expresarle su agrado. Ellas han vivido más que las demás y saben desde siempre que esperar con esperanza bien vale la pena.
Una tablets junto a cuadernos y libros colgaban en la espalda dentro de un bulto cubierto por el pelo rizo de aquella que se abrió paso entre la multitud hasta llegar a él, colocó las manos sobre sus hombros, le miró a los ojos y con voz frágil se impuso a los afanes y a los slogans.
“Quiero volver a verte”…y él le respondió: “pero me estás viendo”, entonces ella le dijo: “si, pero quiero volver a verte dirigiendo el país”. Él hizo silencio, miro al infinito y contestó…”ah claro que sí…en el 2020”. En ese instante se oyeron unos rugidos que exacerbaron la alegría de los que fueron testigos de excepción.
El adiós coincidió con una llovizna que abonó sueños y esperanzas. Mientras sonreía, Leonel volvió la mirada hacia la multitud que le aclamaba.
JPM


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