Nos viene a la memoria el Maco Pempén, quien siempre llevaba una gorra y era de muy baja estatura, muy blanco, con un ojo caído, que lo hacía parecer tuerto, y con un cuerpo mal tallado. No era amigo del agua y el jabón. Regularmente merodeaba por las iglesias, especialmente por el Convento de los Dominicos, y participaba en las procesiones solemnes, aunque no era muy devoto.
En realidad, le movía la cantidad de personas, en su mayoría mujeres, a las que podía pedirles o hacer algo más grave, pues si eran de buen ver, ante un descuido, el maco no dudaba en darles un beso en la mejilla, que provocaba una conmoción entre ellas que rápidamente se dirigían a una farmacia a comprar medio galón de alcohol, para desinfectarse, purificarse e intentar mudar la piel.
En las procesiones solemnes se mantenía alejado de los centuriones, o mejor dicho, de los bomberos vestidos de centuriones, que lo conocían y fácilmente lo empujaban con sus escudos, a escondidas del cura y las monjitas.

Igualmente recordamos al doctor Anamú. Un hombre alto, que vestía un traje blanco, un sombrero de paja duro, y que caminaba con unos libros debajo del brazo. Hay quienes afirman que el doctor personificaba un abogado. Pensamos que era un médico, pues el traje blanco es propio de los galenos.
No obstante, existía consenso entre la gente del pueblo que se le había “fundido el celebro” de tanto leer. Todos estos personajes eran discretos, pues vivían en la Era del Benefactor de la Patria. Siendo así, con la apertura democrática aparecieron personajes más extrovertidos.
Era el caso de Fremio, quien era alto, bien parecido y aseado, pues su familia lo cuidaba. Fremio era un experto “cuerdero”, llevando la contraria, tanto en la pelota, como en la política. Si alguien era escogidista, inmediatamente personificaba a un furibundo liceísta, y viceversa.
Más delicado resultaba su incursión en la política, durante los Doce Años. Frente a simpatizantes de las izquierdas personificaba a un balaguerista. Un día, estaba arengando hacia un segundo piso, donde vivía un balaguerista: “¡Hay que meter preso a Balaguer!”, con tan mala suerte, que fue escuchado por una patrulla. El oficial ordenó que lo montaran en el jeep. Los vecinos reaccionaron gritando, “¡Es un loco!”. “Loco”, contestó el oficial, “en el cuartel te vamos a curar”. Fremio comprendió su situación y nada más sentarse, temblando, hizo Splash! El heep estaba inundado, lo que finalmente convenció al oficial a liberarlo, mientras los vecinos gritaban: ¡Te dijimos que era un loco!”.
JPM

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