Patológicos: gordoladrones y ladronzuelos

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EL AUTOR es periodista. Reside en Santo Domingo.

Tres presidentes retrataron, indigestados en la cabalgadura del diarismo palaciego, el pudrir o descarrío humano-social dominicano. Joaquín Balaguer: para funcionario estoy buscando una persona con la linterna de Diógenes; Hipólito Mejía: la inmensa mayoría de los dominicanos son ladrones, y Luis Abinader se refirió a los corruptos patológicos y suicidas, adjetivos los dos últimos que pueden ser ilustrados con una figura pública que fue sometida a la justicia en un centro educativa privado y luego en dos instituciones oficiales, bajo las imputaciones de sustracción monetaria. ¡Ay de quién ose describir esos saqueos! 

(Diógenes de Sinope -Grecia 412 a. C.-323 a. C.- subsistió, únicamente, con una vasija, un maculo, una frazada y un bastón, y transfiguró la pobreza instrumental o de substrato en una virtud que ha remojado, como paradigma, hasta el presente. Y en una ocasión transitó, en plena luz del día, por las calles de Atenas con una lámpara encendida pregonando que buscaba hombres honestos. Este filósofo griego dijo frases que son antológicas, como estas: “Los grandes ladrones se llevan al pequeño ladrón” (cortabolsas en el gobierno); “La mafia es la madre de los tiranos (desvalijadores como usurpadores del Estado) y “Las personas más nobles son aquellas que desprecian la riqueza” y ”el placer”). 

Gordoladrones: son legisladores, ministros, directores generales, jerarcas policíaco-militares, jueces y fiscales de distintos gobiernos, así como altos empresarios, simuladores bajo sonrisas que timan en distintas modalidades: sustracción y desvíos de recursos, prevaricación, malversación, tráfico de influencias, sobornos, fraudes, extorsión y evasión fiscal. Ellos y otros miembros de la cleptocracia con déficit de conciencia social y megalomanía facilitan sus ilícitos, sigilosamente, abrigados en el compadrazgo, el nepotismo, la clandestina información privilegiada, el clientelismo partidista, la vulneración de los controles, la debilidad institucional y la impunidad. 

Ladronzuelos: son “anti-sociales” (entre ellos policías y guardias) y cleptómanos escasos de formación ética y aburridos en la indigencia que se ponen caretas y apelan a la violencia y la intimidación, con pistolas y cuchillos, para cometer hurtos y otras fechorías de poca monta. Tradicionalmente, las cárceles han estado llenas de atracadores callejeros, rateros, cuatreros, carteristas, estafadores de identidad, pequeñas cuentas bancarias, etc.

Luis M. Dicent luce acercarse a los dos perfiles. Nativos de su natal Bonao detallan cómo rifó una jeepeta y luego desapareció, y cómo después recaudó recursos financieros alegando tener un cáncer de colon y con las platas tomó las de Villa Diego. Fungiendo como administrador de la Lotería Nacional obró como un bufón: por las mañanitas revisaba escritorios de empleados -¡vaya montaje!-, y canceló a la periodista y consagrada profesora de comunicación social Pura Blanco Tineo -con 40 años de servicio sin una sola falta-, porque aparentemente le pareció muy seria. Ha sido involucrado en la estafa de un sorteo de la citada institución y, a raíz de ser fulminado por un decreto presidencial, a su casa de las Villas de las Hortensias llegó en la cola de un motor, con traje y todo.

Para suavizar estos relatos e interpretaciones en torno a saqueos y salteadores, vamos a variar esa realidad destemplada y salvaje a unos ocho escritos jocosos.

¿Cómo identificar a una rapiña? Ante la pregunta:

Josefina respondió que son difíciles de identificar, porque tienen demasiadas inteligencia, psicología, calma y habilidades.

Manuelito expresó que pueden ser reconocidos por la gorra y el semblante.

Y Alfredo señaló que para identificarlos basta contestar dos preguntas:

¿Son políticos?

¿Son funcionarios? 

El jovencito y llamadas al 9-1-1. El jovencito decidió meterse a ladrón, y en la primera residencia que se introdujo, en horas de la madrugada, se quedó dormido y con el ronquito despertó a los dueños, que llamaron al 9-1-1.

La segunda vez subió a un noveno piso, abrió una puerta y cuando se disponía a recoger objetos diversos, se le revoltearon las tripas, se sentó en el inodoro y con las ráfagas espantó a los propietarios de la casa. También reclamaron el 9-1-1.

La tercera ocasión pidió auxilio, desde el piso 15 de un edificio, vociferando:

–       ¡No doy para ladrón….!

–       ¡Llamen a mi mami, llamen a mi papi y no al 9-1-1!         

Con salteadores no hay quien pueda. José Manuel aclaró que con los ladrones no hay quien pueda, porque para cometer sus desmanes se visten de monjas, jueces, mendigos y evangélicos, y andan sueltos debido a que lo más difícil del mundo es probarles que son delincuentes.

Si la Policía los atrapa sacando carteras, decían que se los llevan presos porque estaban dándole patadas a un perro para que no siguiera roncando y los dejara dormir.

Los pillos: entre tragos y picaderas. Distintas ganzúas comenzaron el encuentro social entre tragos y picaderas, señalando sus nombres y  especialidades: me llaman Luis y soy carterista, y los otros atestiguaron que son expertos robando baterías, alambres, tanques de gas, vehículos, retrovisores, metales, motocicletas y celulares.

Entre carcajadas y masticaderas, Antonio preguntó:

–       ¿Cuál de nosotros roba más y le va mejor?

Pedro respondió que los especialistas en celulares roban más y los de vehículos roban menos, pero ganan más.

En pantalones cortos, Antonio se robó el show…Tirando una faja de billetes pa’rriba, explicó que se sentía orgulloso de ser un ladrón, porque en la vida anterior fue un insecto sin dientes y en la del futuro será un mono con las manos para vaciar cajeros automáticos.

Un duende maligno en la azotea. El choque de varillas en la azotea de la casa de dos plantas, en horas de la madrugada, despertó a Calemba, quien silenciosamente se puso a rezar de rodillas frente a su pequeño altar:

–       ¡Dios mío, reprende a esa bruja puta…!

–       Repréndela, ¡Dios bendito!

Al otro día, Calemba se dio cuenta que rezó demás, porque fueron dos ladrones que movieron las varillas, y cargaron con ellas.

Por ladrón, ¿cómo dejaron a Cacinga? Por ladrón, a Cacinga lo dejaron cojo.

Por salteador, quedó manco.

Por pillar, lo dejaron tuerto.

Por carterista, quedó sin cormillos y sin la muela del juicio.

Y por bandido lo dejaron sin su testículo izquierdo.

Cacinga aventaba el buche para decir que aunque lo dejen tullido, sin dentadura y sin su otro grano seguirá robando, porque cuando piensa asaltar un banco se llena de felicidad, y cuando no roba sus tripas se alborotan y llora como un hombrecillo.

La Percha, su cráneo y su madre. La madre de La Percha, quien tenía el cráneo crecido, daba codazos y acusaba de marrano y plebe a los que sindicaban a su hijo de mañoso.

Los vecinos fueron los primeros en afirmar que La Percha se llevaba en las uñas hasta los trapos sucios, y la madre los escupía, voceando: ¡mentira!, ¡desgraciados!

El Rey la mandó a llamar para informarle que a su hijo se le han encogido los ojos de tanto robar, y manoteándolo le contestó: ¡Mentiroso!, ¡mentiroso!, maldito Rey.

Y una encuesta confirmó que La Percha es el más grueso ladrón del pueblo, y la madre se subió la falda, y gritó: “Mañoso no, ustedes son los mañosos! ¡Payasos de Satanás…!

Una cajera y muchas mujeres. Un ladrón le puso una pistola en la sien a la cajera y le secreteó que le entregara todo el dinero que había en el banco.

Sin pérdida de tiempo, agentes de seguridad lo encañonaron, lo obligaron a quitarse la camisa y le colocaron grilletes. Pero cuando era llevado hacia un camión enrejado, en plena calle una multitud de mujeres lo aplaudieron y rescataron, porque tenía el pecho y el ombligo elegantes.

Bien. Los ladronzuelos y los gordoladrones son enfermos patológicos, y suicidas, porque desvalijan a sabiendas de que mancharán sus nombres y no tendrán honor, por el descrédito público, y pueden terminar en un cubículo carcelario, especialmente los chicos. Con el discurrir del tiempo, el paisaje judicial ha cambiado para los dos tipos de expoliadores.

Después del abatimiento de Trujillo, los cacos -que eran poquísimos- esperaban las primeras horas de las madrugadas -cuando hombres y mujeres yacían en el sueño más abismal- para meterse en las viviendas, pero ahora son muchos y asaltan a plena luz del día.

En las décadas de 1960-1980, ningún jorocón de cuello y corbata pisó las cárceles por robo estatal, en las de 1990-2020 algunos funcionarios, empresarios y militares fueron alojados en ellas. Y en el 2021 ese hospedaje se ha incrementado y subirá en los próximos meses, amparados en expedientes sólidos, con difusión celular que alcanza a casi todos los hogares y con el agravante de que pueden salir muertos, tras ser contagiados por la Covid-19.

oscarlr1952@gmai.com

JPM

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