“La fuerza de un partido es, en primer lugar, su fuerza electoral”. Esta categórica afirmación, sostenida por el filósofo italiano, Giovanni Sartori, en su reconocida obra, Partidos y Sistemas de Partidos, se convierte en axiomática cuando se trata de una democracia representativa.
En ese orden, al partido que cuenta en un sistema presidencialista con el apoyo de la mayor parte del cuerpo electoral, en unas elecciones presidenciales, le corresponde el rango de principal fuerza política. No ocurre lo mismo en un sistema parlamentario, en el que los votos se traducen en los escaños que determinan la escogencia del gobierno. En este caso, el partido que obtenga la mayor cantidad de escaños será la principal fuerza electoral.
Como se puede apreciar, al final de cuentas, lo que importa a los partidos son los votos, sin importar como se obtengan. Solo de esta manera estos llegan a la meta, que es ser la principal fuerza electoral, para alcanzar el poder.
Probablemente esta sea la razón por la que las élites partidarias no sientan preocupación por los afiliados. Su prioridad es conducir a los electores, con desinformación manipuladoras, asistencialismo estatal y falsas promesas, directamente a las urnas sin tener que pasar por la casa del partido. La lógica de las oligarquías partidarias es que mientras menos compromisos haya que hacer para conseguir el voto mucho mejor.
Mientras tanto, es innegable que los militantes, desde hace bastante tiempo, han empezado a escasear, como lo comprueba el hecho de que las estructuras de los partidos están conformadas por los simpatizantes, los dirigentes intermedios, los dirigentes medios y los altos dirigentes. La crisis del militante es una realidad.
Sin lugar a dudas, la sustitución del militante, que para pertenecer al partido debía cumplir con una serie de requisitos, como asistir a las reuniones, pagar cuotas regulares para el sostenimiento del partido, etc., por el simpatizante, registrado en más de un partido, sin más vinculación que una inscripción y la probabilidad de ir a votar el día de las elecciones, ha profundizado la desconfianza en los padrones de los partidos.
Refiriéndose a la marginación del partido de los afiliados, los politólogos Richard S. Katz y Peter Mair, en su estudio sobre la Supremacía del partido en las instituciones públicas, sostienen que “los principales partidos se han transformado simplemente en meros partidos en las instituciones públicas y que las otras dos caras del partido se están difuminando”, para a seguidas agregar: “Los líderes se han convertido en el partido; el partido se ha convertido en los líderes”.
Tal y como ocurre en los regímenes autoritarios de partidos únicos, en el nuestro, los integrantes de un partido, sin importar que sean militantes, afiliados o simpatizantes, tienen la misma categoría.
A propósito del debate relativo a la aprobación de la Ley de Partidos, es conveniente, para la elaboración de los listados o padrones de los partidos políticos, que al margen de la modalidad de primarias que vaya a ser utilizada para la escogencia de los candidatos a los cargos de elección popular, quede claramente establecida la categoría de sus integrantes.


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