Cuando los gobernantes  rechazan comprender la realidad

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¿Pueden los sentimientos— el odio, el resentimiento, la pérdida de la esperanza,  la desesperación–  convertirse en motor de la historia y movilizar las decisiones de los Estados  y  de las organizaciones  para estatales?  Tal es la pregunta a la que responde    Dominique  Moïsi  en su estudio la   Geopolítica de las emociones (Bogotá, Norma 2009). Obra notabilísima   que  ha sido reeditada este año (París, Champs  Flammarion, 2015) escoltada con una documentación irrefutable,  y enriquecida con nuevas perspectivas. El método de Moïsi  se fundamenta en tres factores:

  • el miedo,
  • la humillación
  • y la esperanza

Los  tres desempeñan un papel dinámico  en las decisiones internacionales y en las políticas de los Estados.

Según el enfoque de Moïsi, Occidente se halla  dominado por el miedo; el Oriente Medio, por la humillación y Asia, por la esperanza. Es probable que esa teoría nos resulte extremadamente esquemática, si se aplica  al conjunto del planeta.  Sin embargo, cuando se emplea para penetrar en el meollo  de situaciones geopolíticas complejas —por ejemplo el conflicto dominico haitiano—se convierte en una clave indispensable para  esclarecer , interpretar  y acaso anticipar las derivaciones históricas, generadas por las desigualdades entre las dos naciones que ocupan la isla de Santo Domingo.

Entre  los haitianos ha prevalecido el factor emocional para explicar el colapso de su Estado y el hundimiento de su nación. Sus historiadores   y sus políticos  le atribuyen su falta de prosperidad a una conspiración internacional. Según esto, Haití no se ha levantado de su postración porque las potencias europeas no le han perdonado la  “revolución” llevada a cabo por los esclavos que proclamaron la Independencia de ese Estado,  el 1 de enero de 1804. De este modo, con esta explicación descabellada le echan la culpa a las potencias occidentales, de su pobreza  y las convierten en culpables morales de su catástrofe.

¿Por qué se ha producido esta invocación de la culpabilidad colonial en el segundo país  en lograr  su  independencia en el  continente americano y donde menos influjo ha tenido el colonialismo europeo, y donde menos tiempo se ha estado bajo la dominación de una potencia europea?

La colonia francesa de Saint Domingue duró apenas unos cien años. Desde 1697,   con el  Tratado de  Ryswick que marca el despegue definitivo de la colonia  hasta el alzamiento de esclavos de 1791, que señala  el declive del  poder colonial y el ascenso de Toussaint Louverture,  transcurrieron apenas cien años.

En vista de ello,  no ha sido decisiva,  la  influencia de Francia ni en su lengua ni en su religión ni en sus costumbres. El peso demográfico africano, y la rotunda exclusión  de los blancos criollos del nuevo Estado, anuló las formas de vidas heredadas de la población que representaba al colonizador europeo. El reino de este mundo  implantado por Henri Christophe fue la utopía  creada por los antiguos esclavos convertidos, una vez llegado al poder, en opresores y en dictadores sedientos de sangre.

La paradoja  es que los haitianos  convierten  en  únicos  responsables  de todos esos fracasos y desplomes al resto de la humanidad. Se consideran víctimas universales. De un modo  irracional, exportan la culpa de su ejercicio de la historia al mundo exterior. Exorcizan sus demonios. Se dejan poseer por explicaciones  y caricaturas extravagantes.

El método de Dominique Moïsi

. Moïsi  nos presenta el conflicto israelí palestino entre dos naciones  batiéndose en la guerra por un mismo espacio geográfico.  Las semejanzas con  el conflicto que experimenta la isla de Santo Domingo son indudables.

En ambos casos se trata de territorios sometidos a una desigualdad demográfica, económica y cultural. En ambos casos, se discute el territorio del Estado viable– y se menosprecia el derecho a la independencia de una de las partes, desde luego la dominicana.  La realidad es que  haitianos y dominicanos se movilizan y  libran una guerra diplomática  por el territorio dominicano, que, al parecer, es el único que vale la pena.  Para los haitianos resulta asunto de vida o muerte ganar esta guerra.  Su objetivo internacional  convertir a  la República Dominicana en la tierra prometida  de su población, tras  el colapso de su Estado y el hundimiento de su nación.  Los dominicanos, por su parte, se mantienen  aferrados a su identidad nacional y a la supervivencia de su sociedad.

Los haitianos han llevado el conflicto que desgarra su sociedad ante los organismos internacionales—ONU, OEA–, ante las asociaciones de Estados—CARICOM,UE, UNASUR—y ante todas las ONG—Centro Kennedy, Human Rights, Black Caucus, Amnistía Internacional—y nos han declarado la guerra diplomática. Los mueven  la envidia, el resentimiento,  el deseo de bienes materiales,  la desesperación y  el deseo de venganza  que pretende volvernos culpables de su falta de prosperidad y de su histórico extravío.

Nos  hallamos ante dos proyectos de sociedad, representado por cada una de las naciones. Una, ataca en todos los frentes; la otra, impotente, chantajeada,  penetrada por el pensamiento del enemigo, apenas se defiende.

  • El factor predominante entre los haitianos es la humillación

El fracaso histórico de esa nación los ha llevado a un sentimiento de inferioridad. Se trata de una  sociedad en la que se ha hundido el mercado de trabajo. Se ha liquidado el territorio. Un país  donde no hay porvenir ni esperanza. No tiene  soluciones para salir del atolladero.  No tiene un polo de autoridad.  Ese  sentimiento de humillación los ha llevado a una crisis de confianza, a la idea de  que carecen de historia y del reconocimiento  internacional para ocupar un lugar en el mundo.  El sufrimiento que han padecido a causa de su propia organización social  los ha llevado a ignorar e incluso a omitir los derechos del vecino. Ese sentimiento  los empuja a tratar de cambiar los resultados históricos. Volver al momento glorioso que  fue la dominación que ejercieron sobre los dominicanos durante veintidós  años  (1822-1844). Toda esta guerra psicológica tiene el objetivo de anular el proyecto de sociedad que representan los dominicanos. Para lograrlo se han  empeñado en presentar a la Republica Dominicana  como  responsable de su catástrofe. El victimismo se trueca en deseo de venganza, y todas sus maniobras los llevan a aplicarnos la diplomacia del castigo. Vedas comerciales, informes internacionales, discurso acusatorio,  diligencias diplomáticas, campañas de descrédito, ataques a nuestra Constitución, a nuestras  leyes y  a nuestros derechos.  Todo eso, ante la razón y el  derecho resulta inexplicable. Estamos siendo atacados, y no sabemos por qué. En las actuales circunstancias, la prioridad es  la supervivencia del Estado dominicano. Estamos obligados a salvaguardar nuestra identidad, nuestra historia, nuestra autodeterminación y a  contener las amenazas que  ambicionan deshacer  nuestros valores y el Estado de  derecho y el proyecto de sociedad que constituimos los dominicanos.

  1. El factor predominante entre los dominicanos es el miedo.

La porción más consciente de la sociedad dominicana  siente miedo de que Haití lo suplante en los empleos (en la agricultura, construcción y los servicios), que entre  col y col,  termine destruyendo su unidad demográfica y su libertad y autodeterminación, suplantándolo igualmente en el registro civil y anule definitivamente su independencia. Y junto al predominio de la población haitiana se asientan otros miedos: el cambio climático y los desastres naturales procedente de un país, donde las lluvias pueden provocar auténticas catástrofes humanitarias; las pandemias (cólera, SIDA, malaria), todas esas plagas bíblicas;  el terrorismo internacional, el narcotráfico, la inestabilidad. Entre los dominicanos el miedo tiene bases razonables;  se están batiendo por la identidad nacional, en un momento en que una política de globalización y la  economía neoliberal  nos ven  exclusivamente  como zonas de comercio.  La afirmación de la identidad nacional se ha convertido en el fundamento de nuestra razón de ser, y es el cimiento de la lealtad al Estado nacional surgido en 1844.

La política haitiana de exportar su población y sus problemas a la República Dominicana llevaría a la anulación de nuestra independencia como Estado. Tal propósito coincide con el vacío de liderazgo que padece nuestro país, con el abandono de la soberanía nacional por parte de su Gobierno, con la ambigüedad de  los políticos que piensan que la  defensa de la nación le niega  el apoyo estadounidense. El cálculo de los intereses propios se ha impuesto a los intereses nacionales. El enemigo de la nación está dentro, en la sociedad civil, en la pusilanimidad de los líderes, en  la desinformación suicida del pueblo y en la falta de definición de los que aspiran a gobernar a la República Dominicana.

Nunca antes la perplejidad y la confusión habían calado tan profundamente. Las grandes masas de dominicanos se hallan preocupadas, así lo proclaman las encuestas y los sondeos de opinión. Pero la comunicación en la sociedad se ha encargado de enterrar los problemas, de esconder las consecuencias de lo que pasa y de arrojar nieblas sobre la interpretación de los acontecimientos. Se trata de la negación de la realidad. Peor aún: la forma en que los demás nos ven afecta la forma en que nos vemos nosotros mismos. Una porción de los dominicanos observa la realidad con los ojos de los enemigos del país, tiene, pues, una visión degradada de sí misma.

3¿Cuál es la esperanza que se representa  para cada uno de los Estados de la isla de Santo Domingo?

El retrato esquemático de Moisi puede ayudarnos a interpretar  las emociones que mueven a cada uno de los actores.

  1. Los haitianos sienten que el desarrollo que ha obtenido la República Dominicana, país que, en sus recuerdos históricos, perteneció a su territorio, es una humillación. Emocionalmente se ponen al servicio de una política de la destrucción de la soberanía dominicana; sueñan con volver a los tiempos de Boyer. Una destrucción que les devuelva el esplendor del pasado.   El miedo de los haitianos es  ser dejados al abandono por una República Dominicana, plenamente independiente de Haití. Albergan la esperanza de que finalmente se le entregue el territorio dominicano, en lugar de dedicarse al recuperar el suyo.
  2. Los dominicanos han vivido el último medio siglo llenos de esperanza. Constituyen la democracia más estable del continente. Cincuenta años sin golpes de Estado, sin gobiernos militares, sin dictaduras. Lograron transformarse de una economía, fundada en el monocultivo del azúcar, política predominante desde 1961 a 1980, a  una economía fundada en los servicios, en el turismo y en las  zonas francas. El país  exhibe un crecimiento considerable, superior al 4% anual  durante varias décadas. Todo ese optimismo económico, todas esas energías que nos han llevado a proyectos de modernización nacional y al crecimiento de la prosperidad material asienta la frustración haitiana.

Entre los haitianos ha predominado al mismo tiempo  un sentimiento  de decadencia. Se trata de un país que ha experimentado un decrecimiento económico notable,  antes del terremoto era de menos 13%, y tras el terremoto del 2010, perdió una buena porción del PIB, hundiendo a toda su clase política en la impotencia.

.Los proyecto que hoy batallan para tomar el mando del país no se están batiendo por el predominio de la izquierda o la derecha; esas distinciones ideológica  se han desvanecido. Unos y otros, güelfos y gibelinos aparecen entremezclados; al  igual que los liberales y conservadores. Hemos entrado en un banco de nieblas. Las alianzas electorales  han borrado las identidades.  La verdadera diferencia en este tiempo histórico se da  entre los  patriotas, representados por el polo soberano  y  todos aquellos que, por convicción, por ignorancia o por conveniencias políticas han decidido traicionar a la nación dominicana, negándose a defenderla. La historia será lo que ocurra. El porvenir depende de nosotros.

 

 

 

 

 

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