Puedes tocar, e incluso empujar con la mirada. A Anita no le hacía falta hablar, sus ojos me arrastraban como cuando una niña le da la mano a su madre y sin intercambiar palabra le dice, llévame contigo. Al escuchar su tono de voz, ya intuía por donde iba su historia, lo que no podía imaginar era que fuese tan desgarradora. “Doctora, necesito hacerme un aborto, es de vida o muerte”, dijo, como quien se aferra a la vida con las uñas. Tengo un linfoma de Hodking (cáncer del tejido linfático), no me pueden dar la radio terapia porque estoy embarazada, tengo 7 semanas de embarazo. Los médicos no pueden hacer nada; me recomiendan que intente resolver, pero ellos no pueden gestionarlo, la ley lo prohíbe. La carita triste de esta joven diminuta de 22 años me recordó la de Esperancita, la joven de 16 años que dejaron morir por posponerle el tratamiento médico, por la misma causa; por ampararse en una legislación que priorizar la vida del embrión sobre la vida de una mujer. La legislación no puede estar por encima de la moral. Primero somos humanos y luego respetamos las normas jurídicas. Las leyes no están por encima de las personas. En República Dominicana contamos con una legislación prohibitiva, las mujeres interrumpen el embarazo a pesar de poner en riesgo su vida. La clandestinidad es la madre de la inseguridad. Penalizar el aborto no ha salvado un feto, pero ha llevado muchas dominicanas a la morgue. Todas las personas incluso las mujeres, tienen derecho a decidir sobre su vida, y sobre su cuerpo. Las mujeres tienen derecho a la salud, a salvar sus vidas, a construir un proyecto de vida sustentada en su bienestar, no en los designios biológicos o divinos. Todas las mujeres que interrumpen un embarazo deberían hacerlo acompañadas de profesional de la salud. Saque el libro de la doctora Maureen Paul, A Clinician´s Guide to Medical and Surgical Abortion, publicado en 1999. Sabía que infringía Artículo 317 del Código Penal, pero no el Juramento de Hipócrates al decretar: “usaré las reglas en provecho de los enfermos”. En los ojos de esta joven, veo los de mi hija y los de todas las jóvenes del mundo. Si no la ayudo a interrumpir el embarazo y contribuyó a que superé el cáncer cuestionaría mi calidad humana y mi compromiso con la vida. Cada vez más la población percibe que las mujeres no interrumpen el embarazo porque les gusta, no es que sean egoístas; simplemente quieren vivir, y tienen derecho a hacerlo. No más Esperancitas
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