Señores, me siento a escribir y se aglomeran en mi mente decenas de temores que no puedo organizar. Soy parte de una sociedad en la que el tema seguridad ha cobrado dimensiones enormes. No importan los bienes, la protección que te brinda tu entorno, lo sano que parezca el ambiente, lo apartado del mismo. Estás inseguro y saberlo ocupa un lugar inquietante en nuestra mente.
Por circunstancias que no es necesario citar, me encuentro en un lugar paradisiaco, lleno de árboles, personas económicamente bien posicionadas, orden, disciplina, belleza inenarrable, rica fauna silvestre, silencio, limpieza. Todo lo que entiendo puede contribuir efectivamente al equilibrio mental. Cada día hago una caminata, que me he impuesto como ejercicio eliminar la ingestión indisciplinada de alimentos.
Veo las casas, que parecen grandes juguetes, los patios bien cuidados, con grama bien recortada, los autos modernos, las piscinas. Pero viene esa inseguridad, esos temores. Miro las ventanas, los patios de verde grama, sin muros y pienso si desde una de esas ventanas una persona, afectada por las drogas u otro mal, utilizará un arma, si alguien soltará una de esas grandes fieras caninas que cuidan la propiedad sin verjas, para que ataque, si un desquiciado utilizará su vehículo contra el solitario caminante.
Pueden ser pensamientos improcedentes, insólitos, pero vienen a la mente. La entereza y el valor que imprime el mismo entorno, tranquilizan, hacen despejar y dan calma. Pero nadie puede evitar el asalto de ideas negativas, transitorias, momentáneas, quizás fugaces. Y no es que uno sea ninguna figura importante, es el reflejo del mundo actual, no importa quién seas, ni dónde te encuentres.
Tal vez tenga algo que ver la influencia negativa de algunos medios de comunicación masivos, en el enfoque que dan a los acontecimientos, la visión equivocada de las noticias, la presentación de imágenes que llegan sin filtros a nuestros niños, adolescentes y jóvenes. La poca comunicación de los padres o tutores con los menores y el poco seguimiento a lo que ven, lo que oyen, pueden ser también agravantes que forman a nuestros adultos. O realmente lo son.
Hay poco análisis de lo que pasa alrededor de ese segmento tan especial de la población. Puede ser que la excesiva dedicación al trabajo – a veces obsesiva – de esos padres o tutores, y el descuido a aspectos como su pensar, querer, sentir, sus ansiedades, a los mismos propósitos de los menores, se conviertan también en agravantes. Esto es en cuanto a niños que tienen a su alcance todo lo que significan cosas materiales que le hacen la vida cómoda y placentera. Que reciben todo lo que quieren, incluso cariño, privacidad. Si.
Pero algo falta en nuestras sociedades que debemos, estamos, en el ineludible deber de investigar. Decía a un eminente Psiquiatra hermano que ese es un reto que tienen los especialistas en la conducta humana. Los “niños-jóvenes-adolescentes”, conjunto de palabras que se han convertido en un cliché, están solos, sueltos, “en bandolera” y necesitan orientación, educación, programas de ayuda, para que tengamos una sociedad más segura. Ya no hay lugar seguro y todos tenemos culpa.
Estoy muy cerca de Parkland, Florida, sitio donde nadie se imaginó podía ocurrir una desgracia que cobrara 17 vidas. Y es que nadie está a salvo en parte alguna. Movámonos a un sitio seguro, sabiendo a cada residente en el lugar, mentalmente saludable.
JPM


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