POR HANNA BUENO
La historia oficial nos ha enseñado a mirar el pasado de forma demasiado simple: buenos y malos, héroes y traidores. En las escuelas de nuestra isla, el nombre de Guacanagarix, gran cacique de Marién, suele arrastrar una sombra injusta. Se le recuerda como el líder que abrió las puertas al conquistador. Sin embargo, cuando cruzamos los datos de la historia, la política y la arqueología, descubrimos una verdad más compleja y más profunda.
Para entender a Marién hay que mirar el mapa con los ojos del siglo XV. Este cacicazgo ocupaba todo el noroeste de la isla, una amplia región que hoy comparten la República Dominicana y Haití. Lejos de ser una selva deshabitada, era una sociedad organizada, dividida en catorce nitaínos. En el lado dominicano abarcaba por completo lo que hoy son las provincias de Monte Cristi, Dajabón, Santiago Rodríguez, Valverde y parte de Puerto Plata. Su capital, El Guárico, se encontraba muy cerca de lo que hoy es Cabo Haitiano.
La arqueología moderna ha rescatado piezas clave. Las excavaciones en En Bas Saline, en el norte de Haití —uno de los mayores asentamientos taínos del Caribe, ocupado aproximadamente entre 1200 y 1530—, y los hallazgos en nuestra Línea Noroeste demuestran que los habitantes de Marién formaban parte de una sociedad compleja. Vasijas, herramientas, plazas ceremoniales y restos de estructuras centrales hablan de una organización política y ritual avanzada.
Guacanagarix no actuó por miedo al aliarse con Cristóbal Colón en diciembre de 1492. Lo hizo por estrategia geopolítica. Su territorio vivía bajo la amenaza constante de Caonabo, el poderoso cacique de Maguana. Al ver llegar las enormes naves españolas, el cacique de Marién vio una oportunidad política para proteger a su pueblo frente a sus enemigos de siempre. Fue una jugada diplomática arriesgada que, lamentablemente, terminó en tragedia por la ambición y la violencia de los colonizadores.

Doloroso
Lo más doloroso es la falta crónica de colecciones y museos locales. Resulta paradójico e indignante que un joven de la Línea Noroeste no pueda ver, estudiar ni conectar con el arte de sus antepasados en su propia provincia. Para apreciar el esplendor material del cacicazgo de Marién hay que viajar a los grandes museos de Santo Domingo, a centros privados en Santiago de los Caballeros o, peor aún, contemplar las piezas en museos de Europa y Estados Unidos. Las provincias que heredaron el territorio de Guacanagarix han sido despojadas de sus tesoros históricos, quedando huérfanas de espacios públicos donde exhibir y proteger su memoria.
El impacto de Marién, a pesar de todo, se resiste a morir. El mejor ejemplo de este puente invisible es el casabe. El pan crujiente de yuca que alimentaba a los guerreros de estas provincias fue declarado el 4 de diciembre de 2024 Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, en una candidatura multinacional que incluyó a la República Dominicana, Cuba, Haití, Honduras y Venezuela.
El casabe que hoy se tuesta en los burenes de Monción o de Monte Cristi es esencialmente el mismo que se compartía en El Guárico hace más de quinientos años. Pero el reconocimiento de la UNESCO debe ser un llamado de atención: no basta con celebrar el alimento; hay que reclamar también el patrimonio material.
Es hora de limpiar el nombre de Marién en los libros de texto y de detener el expolio de sus tierras. Exigir la creación de museos regionales y colecciones locales en la Línea Noroeste no es un simple capricho cultural; es un acto de justicia histórica.
Redescubrir y proteger el cacicazgo de Marién nos invita a mirar el pasado con más respeto, a devolver a las provincias el derecho de custodiar su propia herencia y a recordar que, debajo del suelo que hoy pisamos, late todavía la riqueza de nuestro corazón ancestral.
jpm-am


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