POR VICTOR GARRIDO PERALTA
Una República madura debe saber cambiar cuando una respuesta deja de funcionar. Pero descubrir que algo debe cambiar no resuelve el problema más delicado: ¿qué no podemos permitirnos perder mientras cambiamos?
Una reforma puede ser necesaria y, sin embargo, producir un daño que nadie pretendía. Una modificación concebida para mejorar la gobernabilidad puede debilitar los límites al poder. Una transformación destinada a corregir una disfunción puede eliminar, precisamente, un mecanismo que permitía corregirla en el futuro.
El cambio, por tanto, no es una virtud por sí mismo. Pero la conservación tampoco. Una sociedad puede aferrarse tanto a una estructura que ya no funciona que termine perdiendo la capacidad de corregirla. Lo que alguna vez fue una solución puede convertirse, con el tiempo, en una fuente de rigidez.
De ahí una paradoja que toda República madura debe aceptar: para conservar una República, a veces hay que cambiarla. Y, al mismo tiempo: para cambiar una República sin destruirla, algunas cosas deben permanecer.
La dificultad comienza al determinar cuáles. No todo lo que existe merece ser preservado por el solo hecho de existir. Una República hereda normas, reglas, procedimientos, estructuras, costumbres y arreglos políticos. Su antigüedad no demuestra su valor republicano.
Pregunta
La pregunta decisiva no es solamente qué debemos conservar, sino qué función cumple aquello que queremos conservar y qué perdería la República si esa función desapareciera. Ahí aparece una distinción fundamental: forma y función.
Una regla puede modificarse. Un procedimiento puede modernizarse. Una estructura puede reorganizarse. Un mecanismo puede sustituirse. Lo decisivo es saber qué función republicana cumplía. La continuidad de una forma no garantiza la continuidad de su función.
Una arquitectura puede remodelarse sin perder la función que la sostiene; si al hacerlo eliminamos los elementos que permiten cumplirla, ya no estamos reparándola. Estamos construyendo otra. Por eso, la pregunta más importante no es qué norma debemos preservar, sino qué capacidad republicana debemos preservar.
Hay condiciones cuya pérdida merece una exigencia especial de protección: la libertad frente al poder arbitrario, límites efectivos para quienes gobiernan, capacidad real de autogobierno ciudadano y capacidad para corregir los propios errores. Porque una República no solamente debe poder gobernarse hoy. Debe poder corregirse mañana.
Una reforma puede parecer eficaz en el presente y, sin embargo, eliminar mecanismos que permitan revisar sus consecuencias. Antes de modificar algo importante conviene preguntar: ¿qué capacidad de corrección estamos preservando o perdiendo con este cambio? El futuro no solo recibirá las consecuencias de nuestras decisiones; recibirá también las capacidades que hayamos dejado disponibles para corregirlas.
Aquí aparece el núcleo de continuidad republicana: no como una lista de formas eternas, ni como un inventario de formas intocables, ni como una doctrina jurídica cerrada, sino como el conjunto abierto de condiciones cuya pérdida comprometería la capacidad de la República para preservar la libertad, limitar el ejercicio del poder, sostener el autogobierno ciudadano y corregir sus propios errores.
Ese núcleo no se determina por tradición, autoridad o conveniencia política. Debe justificarse por la función republicana que protege y por las consecuencias de perderla. De ahí una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿a quién beneficia que esto permanezca? Preservar una condición republicana no es lo mismo que preservar una ventaja del poder establecido.
Preservar
Preservar la República no significa preservar a quienes gobiernan. Significa conservar las condiciones que permiten limitar a quienes gobiernan, cuestionarlos, sustituirlos cuando corresponda y corregir aquello que deje de funcionar. Por eso preservar no significa declarar algo intocable: una función puede protegerse mediante una forma diferente.
Al final, la República necesita distinguir tres juicios diferentes sobre una misma realidad: lo que puede cambiar, lo que debe cambiar y lo que debe preservarse. La distinción importa porque existen dos errores simétricos: una República puede destruirse intentando transformarlo todo; también puede destruirse intentando conservarlo todo.
La verdadera continuidad no consiste en permanecer igual. Consiste en preservar las condiciones que permiten que la República siga siendo capaz de gobernarse, limitar el poder y corregir sus errores mientras las formas mediante las cuales cumple esas funciones pueden cambiar. Una República madura no es la que nunca cambia, sino la que sabe qué puede cambiar sin perder aquello que necesita preservar.
Y entonces queda abierta la siguiente pregunta: si una República sabe cuándo cambiar y qué debe preservar mientras cambia, ¿para qué debe utilizar esa capacidad?
JPM

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