La prudencia es virtud, valor, principio. Es actuar de forma justa, adecuada, con moderación, cautela, reflexión, sensatez, sabiduría, buen sentido, buen juicio y discernimiento.
La acción política, en el buen sentido de la palabra, ha de estar revestida por un lenguaje claro, literal, lógico y coherente; siempre respetando los sentimientos, la vida, la libertad y la dignidad humana.
Las acciones imprudentes de los actores políticos ponen en riesgo su confianza y credibilidad ante los ciudadanos que pudieran optar y apoyar su discurso y mensaje.
Las rebatiñas, los enconos, las diatribas, rencores, odios, retaliación y manipulación a lo interno de los partidos obedecen a la carencia de un discernimiento prudente de sus líderes o dirigentes.
Se aleja de la prudencia todo dirigente político que apela a su pasión desenfrenada, a su egoísmo, orgullo, petulancia, altanería y creerse el más sabio en relación con los demás. Producir y generar crisis, guerras internas y conflictos de forma constante y medalaganaria es propio de políticos ñoños, engreídos, acomplejados e inmaduros. En cada partido político del sistema en nuestro país, parece ser, abunda este tipo de conducta, que nada bueno aporta a su entidad política.
La prudencia facilita tomar decisiones pertinentes en las diversas circunstancias de la vida, facilita también el entendimiento, comprensión, el recto conocimiento y el apego irrestricto por la verdad.
Las inconductas claramente marcadas por el robo, el fraude, la prevaricación, el abuso de poder, el exceso de poder, en definitiva, marcada por la corrupción y la impunidad en cualquier político, es porque en él o ella se ha anidado el germen de la imprudencia, convertido por su magnitud en esas acciones imprudentes, en delincuente.
La prudencia es la virtud propia del gobernante, pues tiene que tomar sabias decisiones apegadas a lo justo y a lo correcto, evitando la precipitación, la debilidad de voluntad, las pasiones, el capricho, los instintos y los deseos desmedidos.
Es prudente todo actor político que piensa antes de actuar, reflexiona, analiza las consecuencias, valora diferentes opciones y no decide lo primero que se le viene a la cabeza. Es aquel que posee valores bien establecidos, dice la verdad y no miente.
Ser prudente es saber observar bien; saber distinguir lo que sucedió y lo que dice la gente que sucedió; saber distinguir entre lo que es importante y lo que no lo es; saber analizar las consecuencias de algo que se va a decidir y sabe dominar los enojos para ver con serenidad la realidad.
Dos citas bíblicas me provocan dejarles para concluir este artículo: “no es hoy cuando se ha manifestado tu prudencia, pues desde siempre el pueblo conoce tu sagacidad y la bondad natural de tu corazón” (Judith, 8, 29). “actúa siempre, hijo mío, con prudencia y reflexión: es algo que no debes olvidar” (Proverbios 3, 21).


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