En un artículo anterior abordé algunos acontecimientos e interrogantes que pueden ayudarnos a analizar este tema desde la lógica, y no desde la fascinación ni los relatos construidos por grupos interesados.
Años después de aquel nefasto acontecimiento (donde incluso una sola muerte resulta lamentable) se planteó que la cifra de 37,000 víctimas estuvo vinculada al compromiso asumido por el gobierno dominicano de indemnizar por cada persona fallecida.
Según esta interpretación, el número habría sido elevado con el propósito de incrementar el monto a pagar. De acuerdo con informes estadísticos del gobierno de los Estados Unidos, la cifra no superaría entre 4,500 y 5,000 víctimas. Así consta en documentos recopilados por el Dr. Bernardo Vega, tomados directamente de archivos oficiales estadounidenses.
Por su parte, documentos del propio país en esa época citan una cifra considerablemente menor, cercana a 600 personas. Con estas líneas no se pretende justificar aquellos hechos traumáticos, sino más bien reflexionar sobre las posibles alteraciones que ha sufrido nuestra historia, con el propósito de inducirnos a cargar con una culpa desproporcionada y a sentirnos en deuda permanente.
Esto se manifiesta, además, en el contexto actual, donde la República Dominicana ha recibido a millones de personas que huyen de su país, a quienes, en un acto de altruismo (sencillamente altruismo) se les ha brindado apoyo en diversos momentos críticos, como en 2004, tras el desbordamiento del río Soliette, y en 2010, luego del devastador terremoto en Haití.
El pueblo dominicano no es, en ningún sentido, racista; por el contrario, se ha caracterizado por su solidaridad, incluso en niveles que podrían calificarse de extraordinarios.
Quien escribe ha sostenido siempre que el individuo, cuando desea aproximarse a la verdad, debe contrastar toda narrativa con los hechos. Si esta no se sostiene, carece de validez y, por tanto, debe ser rechazada. La historia está llena de ejemplos: durante siglos se creyó que la Tierra era el centro del universo y que el Sol giraba a su alrededor, hasta que Galileo Galilei demostró lo contrario, aun a riesgo de su propia integridad. Asimismo, en un principio se pensaba que el átomo era indivisible; hoy sabemos que no es así.
Todo cambia, incluso aquello que en su momento consideramos verdad, especialmente cuando ha sido impuesto. Gracias a nuestra capacidad de nombrar y comprender la realidad, podemos discernir entre lo verdadero y lo falso. Por lo tanto, si algo no es verdad, es, sencillamente, una mentira.

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