La honestidad no es solo discurso

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El AUTOR es abogado. Reside en Santo Domingo

La honestidad es una  virtud que consiste en comportarse y expresarse con coherencia, lealtad y credibilidad, tanto en la relación consigo mismo como con el resto de la sociedad.

Todos deseamos que quienes estén cerca de nosotros, y también las personas que desempeñan cargos de representación pública, nos digan siempre la verdad.

Es por ello, que la honestidad siempre será un valor relacionado con la decisión de actuar conforme a la verdad y la justicia.

Por tanto, es honesto quien actúa y habla de conformidad con lo que considera correcto, pero que no hace de tales actuaciones un escenario teatral para ser reconocido por los otros.

La prueba más dura para un político honesto llega cuando le abraza el deber de formular las políticas públicas y ejecutar las acciones que lleven a la solución de los problemas que se comprometió a resolver a la población.

No todos aprueban ese examen, sobre todo cuando se acercan las elecciones. No obstante, solo los políticos deshonestos procurarán siempre equiparar los asuntos políticos con la popularidad exclusivamente.

Sería conveniente, y hasta prudente, que nuestros políticos situaran el valor de la honestidad por encima de la astucia, condición que resalta en algunos políticos para engañar y alcanzar sus objetivos personales.

Si la astucia es la habilidad para engañar y lograr hábilmente un fin, sus consecuencias serán graves cuando se la practica en el terreno político.

El mediático y escandaloso político es pariente cercano del apostador, y busca lograr sus crecientes ambiciones por cualquier medio, sin importar los riesgos y a pesar del costo para los demás.

La honestidad nos lleva al mundo de la honradez, la sinceridad, la credibilidad, de la dignidad de todas esas cualidades humanas, hoy poco cultivadas, pero que sí deben ser exigibles a cada uno de nosotros.

Con mayor razón hay que pedírselas a quienes nos representan, a los que elegimos para que nos gobiernen, a los que nos legislan, a los que nos juzgan y, también, cómo no, a todo aquel que desde su mayor o menor espacio de poder puede hacer uso de los recursos del Estado para despilfarrarlos en asuntos banales que no generan ningún impacto positivo en favor del pueblo.

Como se puede hablar de honestidad cuando se derrochan más de dieciocho mil millones de pesos (RD$18,000,000,000.00) en tres años, de manera alegre y sin control, en publicidad oficial, cuando existen decenas de hospitales públicos que no pueden garantizarles el más mínimo de atención médica a la comunidad.

O cuando centenares de ciudadanos con enfermedades catastróficas no pueden tener acceso a los medicamentos de alto costo.

De igual forma, no se puede ser honesto, cuando se dispone de miles de millones de pesos para comprar a líderes, alcaldes y legisladores de otras parcelas políticas.

O cuando se otorgan alegremente miles de pensiones a compañeritos de las bases que no cumplen con los requisitos que establece la Ley 379-81 sobre Pensiones y Jubilaciones.

Así también cuando se deja de lado afrontar los grandes problemas que padece la Nación para ocuparse de cosas triviales, afectando seriamente la calidad de vida de la población.

Para ser honesto hace falta ser sincero en todo lo que decimos; el mentir continuamente o faltar a las promesas hechas a las personas pone en tela de juicio la pretendida honestidad que se pueda presumir.

Podemos ver como actitudes deshonestas la hipocresía, aparentando una personalidad que no se tiene para ganarse la estimación de los demás.

Si queremos ser honestos, debemos empezar por enfrentar con valor nuestros defectos y buscando la manera más eficaz de superarlos, con acciones que nos lleven a mejorar todo aquello que afecta a nuestro ser.

La honestidad es la mejor política. Suena como lo más fácil del mundo, pero ser realmente honesto con otras personas y contigo mismo puede ser un gran reto que no todos estamos dispuestos a asumir.

La honestidad que se requiere en los políticos no es solo la que se refiere a la lucha contra la corrupción. Esta, desde luego, es fundamental y si se consiguiera llevarla a cabo con sinceridad y responsabilidad habríamos dado un paso de gigante.

Pero hay otros aspectos de la gestión que demandan políticos honestos, además de competentes. Por ejemplo, la solución a muchos de los problemas de fondo que tiene este país requiere de estrategias bien definidas, con medidas coherentes a corto, medio y largo plazo.

Requiere, por tanto, que los políticos con responsabilidades de gestión dediquen parte de su tiempo a diseñar esas políticas públicas y a impulsar esas estrategias, aunque no sean ellos los que recojan los frutos. Eso también forma parte de la honestidad política.

Ser honesto no es solo un discurso bonito, es una montaña de pequeñas cosas sencillas, de múltiples pequeñas acciones, de pequeños granos de arena que se construye en un bloque y una catedral.

jpm-am

 

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10 meses hace

cada año,los 27 de febrero y 16 de agosto,los presidentes y sus funcionarios,participan en «homenajes» a los padres fundadores y los líderes restauradores de república dominicana.humildemente consideramos,con el debido respeto a todos,que más que honrarlos,deberían comprometerse a imitar los,especialmente a juan pablo duarte,que todo lo dió y mucho sufrió por la patria.