El ejercicio del periodismo en la República Dominicana ha tenido en los últimos 25 años un viraje degradante que debería preocupar a todos y todas.
Nunca, como ahora, esa noble profesión había entrado en un proceso tan acelerado de deterioro como el que está pasando.
La entrada al ejercicio periodístico de simulados y declarados miembros y dirigentes de partidos políticos que copan los medios de comunicación para hacer opinión pública, sin la acreditación profesional correspondiente otorgada por una escuela de periodismo, ha terminado de desprestigiar la excitante profesión de comunicar, informar y entretener de manera sana y comprometida.
Al parecer, se ha perdido de vista que los medios, en sus diversas formas, tienen un cometido indispensable como actores en el desarrollo y promoción de las relaciones entre los pueblos.
Los periodistas y comunicadores profesionales tienen la responsabilidad sagrada de fomentar el reconocimiento y el respeto de la identidad y diversidad cultural y lingüística y las tradiciones y expresiones religiosas, tal como lo establece la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidos para la Educación, la Ciencias y la Cultura, UNESCO, sobre la Diversidad Cultural.
Quiero que quede claro que soy un defensor rabioso de los principios de libertad de prensa, de expresión y difusión del pensamiento y la libertad de información que están consagrados en el artículo 49 de la Constitución Dominicana, en la Resolución 59 de la Asamblea General de las Naciones Unidas y en el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos.
Sin embargo, resulta inaceptable que una del ejercicio periodístico dominicano esté convertida en una verdadera industria del chantaje y la extorsión dejando atrás valores y ejemplos de periodistas consagrados como don Freddy Gatòn Arce, Rafael Herrera, Orlando Martínez, Radhamès Gómez Pepín, entre otros.
Lo que hay instaurado en este medio social es, y hay que recalcarlo con dolor, una suerte de -periodistas y pseudos periodistas- que han asaltado espacios en medios radiales, televisivos, prensa escrita y digitales para promover y defender intereses personales, políticos, económicos y sociales de manera asqueante al margen de todo código ético y rigor profesional. Son verdaderas bandas y carteles de nuevo cuño.
Esta situación se hace más lacerante al ver la indiferencia de actores y entidades que se agrupan en gremios profesionales del periodismo las cuales están llamadas a corregir y regular esta situación en términos éticos, legales e institucionales y, sin embargo, se hacen de la vista gorda y entran en una especie de complicidad y pacto de silencio con esas acciones repudiables.
Y que no me vengan con el cuento de que los identifique, porque ahí están, a los ojos de todos; en los programas de opinión difundidos por la radio, televisión y en periódicos, tanto impresos como digitales.
Atrás quedó aquel tipo de periodistas que sintieron fascinación por ser instrumentos idóneos para, desde su profesión, ser verdaderos representantes de transformación social, testigos de la historia y guardianes de la democracia. ¡Qué pena…!


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