POR RAFAEL PASIAN
Cuando escuchamos la palabra cultura, muchas veces pensamos inmediatamente en una persona que ha leído numerosos libros, que conoce de música clásica, que visita museos o que habla con palabras elegantes. Sin embargo, la cultura es mucho más amplia y profunda. No pertenece exclusivamente a las universidades, a los intelectuales ni a las élites. La cultura pertenece al pueblo.
Cultura es todo aquello que una sociedad aprende, crea, comparte y transmite de una generación a otra. Es su manera de hablar, de trabajar, de alimentarse, de celebrar, de amar, de hacer política, de practicar la religión, de producir arte y hasta de comprender la vida y la muerte.
La cultura es, en cierto modo, la memoria viva de una comunidad. En ella están las huellas de nuestros antepasados, pero también las aspiraciones de quienes todavía no han nacido.
Un pueblo sin cultura no podría reconocerse a sí mismo. Sería como una persona sin memoria: existiría físicamente, pero no sabría de dónde viene, quién es ni hacia dónde debe dirigirse.
LAS DIFERENTES FORMAS DE LA CULTURA
La cultura puede expresarse de muchas maneras.
Existe una cultura material, formada por las cosas que una sociedad produce: sus viviendas, herramientas, carreteras, monumentos, vestidos, instrumentos musicales y avances tecnológicos.
También existe una cultura espiritual o simbólica, compuesta por las ideas, creencias, valores, conocimientos, costumbres, tradiciones y formas de interpretar el mundo.
Hablamos de cultura popular cuando nos referimos a las expresiones que nacen de la vida cotidiana del pueblo: el merengue, la bachata, los refranes, la gastronomía, el carnaval, las fiestas patronales, los juegos tradicionales y las historias transmitidas oralmente.
Existe también una cultura académica, cultivada en las escuelas, universidades, bibliotecas y centros de investigación. Esta organiza el conocimiento, desarrolla el pensamiento científico y permite estudiar críticamente la realidad.
Podemos hablar, además, de cultura política, que es la manera en que una sociedad entiende el poder, la autoridad, la justicia, los derechos y las responsabilidades ciudadanas.
Tenemos una cultura económica, relacionada con la forma de producir, consumir, ahorrar, invertir y distribuir la riqueza.
Existe una cultura artística, mediante la cual una sociedad expresa su sensibilidad a través de la música, la literatura, la pintura, el teatro, la danza y el cine.
También encontramos una cultura deportiva, que no consiste solamente en ganar competencias, sino en aprender disciplina, cooperación, respeto, perseverancia y sentido de comunidad.
Y en nuestro tiempo ha surgido con una fuerza extraordinaria la cultura digital, creada por las redes sociales, las plataformas audiovisuales, los teléfonos inteligentes y la inteligencia artificial. Esta cultura ha democratizado la comunicación, pero también ha facilitado la desinformación, la superficialidad y la manipulación de las emociones.
Ninguna de estas manifestaciones existe de manera aislada. Todas se relacionan y se influyen mutuamente.
CULTURA, EDUCACIÓN Y CLASE SOCIAL
Aquí debemos hacer una distinción fundamental: cultura, educación y clase social no son la misma cosa.

La educación formal es el conocimiento organizado que recibimos en la escuela, el instituto o la universidad. Una persona puede poseer varios títulos académicos y, sin embargo, carecer de sensibilidad humana, responsabilidad social o respeto por los demás.
También puede ocurrir lo contrario: una persona que no tuvo acceso a una educación universitaria puede poseer una profunda cultura popular, una gran sabiduría práctica, valores solidarios y una comprensión extraordinaria de la vida.
La educación puede ampliar la cultura, organizarla y someterla al análisis crítico; pero el diploma, por sí solo, no garantiza cultura ni sabiduría.
La clase social, por otra parte, representa la posición que una persona ocupa dentro de la estructura económica de la sociedad. Depende, en gran medida, de sus ingresos, propiedades, ocupación y acceso a oportunidades.
Tener dinero no significa necesariamente tener cultura. Y ser pobre no significa carecer de ella. En los sectores populares de nuestros países se conservan tradiciones, conocimientos y valores de enorme riqueza. Asimismo, una persona perteneciente a una clase privilegiada puede exhibir lujo y poder, pero demostrar pobreza de pensamiento, insensibilidad social y falta de principios.
La verdadera cultura no se mide solamente por los libros que alguien ha leído, la ropa que usa o los lugares que frecuenta. Se manifiesta también en la manera de tratar al trabajador, respetar a la mujer, proteger al débil, escuchar al diferente y comportarse frente al poder.
Una sociedad verdaderamente culta no es aquella que tiene unos cuantos individuos ilustrados rodeados por una mayoría abandonada. Es aquella que convierte el conocimiento, el arte, la educación y la dignidad en derechos accesibles para todos.
LA CULTURA Y EL DESARROLLO SOCIAL
La cultura influye directamente en el desarrollo de una sociedad porque determina lo que esa sociedad admira, tolera, rechaza o considera posible.
Si una cultura valora el estudio, el trabajo honrado, la investigación y la cooperación, crea condiciones favorables para el progreso. Pero si glorifica la violencia, el dinero fácil, la corrupción y el desprecio por las normas, termina debilitando sus propias instituciones.
El desarrollo no puede medirse únicamente por el número de edificios, carreteras, centros comerciales o automóviles. Un país puede crecer económicamente y, al mismo tiempo, empobrecerse moral y culturalmente.
El verdadero desarrollo debe mejorar no solo lo que un pueblo tiene, sino también lo que sabe, lo que siente, lo que valora y lo que es capaz de imaginar.
CULTURA Y EDUCACIÓN
La educación es uno de los principales instrumentos para transmitir y transformar la cultura. Pero una educación basada exclusivamente en memorizar contenidos y aprobar exámenes no prepara ciudadanos libres.
Educar debe significar enseñar a pensar, preguntar, investigar, dialogar y distinguir entre una verdad comprobable y una mentira presentada de manera atractiva.
Una educación progresista no impone obediencia ciega. Desarrolla conciencia crítica. Ayuda al estudiante a comprender su historia, su realidad social y su responsabilidad frente a los demás.
Cuando la escuela pierde su misión humanista, puede producir técnicos competentes, pero ciudadanos indiferentes. Puede preparar personas para conseguir empleo, sin enseñarles a comprender el país en el que viven.
CULTURA Y POLÍTICA
La calidad de la política depende, en buena medida, de la cultura política de la población.
Cuando los ciudadanos conocen sus derechos, examinan las propuestas, exigen transparencia y comprenden el funcionamiento de las instituciones, resulta más difícil que sean manipulados.
Pero cuando la política se convierte en espectáculo, fanatismo, clientelismo o culto a la personalidad, el debate público se empobrece. Entonces importan más la imagen y la popularidad que la preparación, la ética y la capacidad para gobernar.
En una democracia, cualquier ciudadano tiene derecho a aspirar a un cargo público. La democracia no puede reservar la presidencia para quienes provienen de familias ricas o poseen títulos universitarios. Sin embargo, el derecho a aspirar no elimina la obligación de prepararse.
Gobernar un país exige comprender su historia, su economía, sus instituciones y sus relaciones internacionales. Exige rodearse de personas capaces, respetar el conocimiento científico y reconocer los límites de la propia experiencia.
La humildad intelectual es también una forma de cultura.
¿EXISTE UN RETROCESO CULTURAL?
En la República Dominicana y en otros países de América Latina muchas personas sienten que vivimos un retroceso cultural. Observan el deterioro del lenguaje público, la pérdida del hábito de lectura, la vulgarización del entretenimiento, el debilitamiento de la educación y la sustitución del debate de ideas por insultos y consignas.
Esa preocupación no carece de fundamento. Sin embargo, debemos evitar confundir la cultura popular con la falta de cultura. Un género musical nacido en un barrio no es inferior simplemente por su origen social. Toda expresión artística debe ser comprendida dentro de las condiciones que la producen.
El problema aparece cuando el mercado y los medios convierten la violencia, la humillación de la mujer, el culto al dinero y la ignorancia deliberada en modelos permanentes de éxito.
No debemos llamar “inculta” a una persona solo porque no habla como un académico. Muchas veces, quienes tuvieron menos acceso a la educación fueron víctimas de una sociedad que distribuyó injustamente sus oportunidades.
La ignorancia involuntaria merece educación y solidaridad. Pero la exaltación consciente de la ignorancia —especialmente cuando se utiliza para obtener poder— debe ser enfrentada mediante el pensamiento crítico.
El peligro no está en que una persona de origen humilde llegue a la presidencia. Ese hecho puede representar una gran conquista democrática. El verdadero peligro está en elegir a alguien que desprecie el conocimiento, la verdad, las instituciones y la dignidad humana, sin importar si procede de una familia pobre, de una universidad prestigiosa o de una clase privilegiada.
LA POLÍTICA CONVERTIDA EN ESPECTÁCULO
Las redes sociales han modificado profundamente la forma de construir liderazgo. Hoy una frase escandalosa puede viajar más rápido que una explicación razonada. Un video breve puede provocar más emociones que un programa de gobierno cuidadosamente elaborado.
Esto favorece a dirigentes que saben atraer la atención, pero no necesariamente resolver los problemas nacionales.
Cuando la ciudadanía deja de valorar la preparación y comienza a confundir popularidad con capacidad, la democracia corre el riesgo de convertirse en un concurso de celebridades. El candidato ya no necesita explicar cómo mejorará la educación, la salud o la economía; le basta con crear un personaje, identificar un enemigo y despertar miedo, resentimiento o fanatismo.
No es que los pueblos sean incapaces de elegir bien. Es que muchas veces toman decisiones dentro de sistemas de información diseñados para manipularlos. Por eso la respuesta no debe ser despreciar al pueblo, sino fortalecer su educación política y garantizarle acceso a información confiable.
El pueblo no necesita tutores que piensen por él. Necesita herramientas para pensar por sí mismo.
CULTURA, ECONOMÍA, ARTE Y DEPORTE
La cultura también influye en la economía. Una sociedad que fomenta la responsabilidad, la innovación y la cooperación crea mejores condiciones para producir riqueza. Pero esa riqueza debe distribuirse con justicia, porque la pobreza extrema limita el acceso a la educación y a los bienes culturales.
El arte, por su parte, no es un adorno. Es una forma de conocimiento. Una novela, una canción o una película puede revelar aspectos de una sociedad que ninguna estadística consigue expresar.
El deporte también educa culturalmente. Puede enseñar disciplina, solidaridad y respeto por las reglas. Pero cuando se reduce exclusivamente al dinero, la fama o la victoria a cualquier precio, pierde parte de su misión formativa.
En todos estos campos, la cultura puede elevar al ser humano o convertirlo en simple consumidor.
LA CULTURA COMO INSTRUMENTO DE LIBERACIÓN
Una cultura progresista no destruye las tradiciones por el simple hecho de ser antiguas, ni acepta todo lo nuevo solo porque parece moderno. Examina críticamente ambas cosas.
Conserva aquello que fortalece la identidad y la solidaridad, pero transforma las costumbres que reproducen el machismo, el racismo, la violencia, el autoritarismo y la desigualdad.
La cultura no debe ser una cadena que nos ate al pasado, sino una raíz que nos permita crecer hacia el futuro.
Por eso defender la cultura no significa imponer una sola manera de pensar. Significa crear las condiciones para que todas las personas puedan leer, estudiar, crear, debatir y participar en la construcción de la sociedad.
REFLEXIÓN FINAL
La gran batalla cultural de nuestro tiempo no se libra únicamente en las escuelas, los museos o las universidades. También se libra en los hogares, los medios de comunicación, las iglesias, los partidos políticos, los estadios y las redes sociales.
Se libra cada vez que elegimos entre compartir una verdad o una mentira; entre escuchar un argumento o responder con un insulto; entre admirar a quien sirve a la comunidad o glorificar a quien se enriquece perjudicándola.
No basta con lamentarnos diciendo que el pueblo ha perdido su cultura. Debemos preguntarnos qué oportunidades de educación le hemos ofrecido, qué modelos humanos presentamos a la juventud y qué valores premia nuestra sociedad.
Los pueblos no nacen ignorantes ni condenados al atraso. Son formados por sus condiciones históricas, económicas y educativas. Y esas condiciones pueden transformarse.
La cultura es memoria, pero también conciencia. Es identidad, pero también crítica. Es herencia, pero también creación.
Un pueblo culto no es aquel donde todos piensan de la misma manera. Es aquel donde cada ciudadano ha aprendido a pensar con libertad, a convivir con las diferencias y a reconocer que su dignidad está unida a la dignidad de los demás.
Porque cuando la cultura ilumina la conciencia, el ciudadano deja de ser una multitud manipulable y se convierte en protagonista de su propia historia.
Y solamente cuando un pueblo comprende su historia, protege su identidad y educa su conciencia, puede construir con libertad y justicia el porvenir que merece.
of-am


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