El Estado dominicano no puede seguir mirando hacia otro lado mientras el espacio público digital se llena de bocinas disfrazadas de comunicadores. Urge una regulación clara, moderna y firme para quienes hacen comentarios y tienen pods en las redes sociales.
Hemos democratizado el acceso al micrófono, y eso en principio es positivo. El problema es que confundimos democratización con vulgarización.
Antes para llegar a un micrófono había que pasar por una escuela, por una sala de redacción, por un editor que te corregía y te enseñaba. Hoy basta con tener data y atrevimiento. Y el resultado está a la vista: una plaga de programas donde se habla mal, se piensa peor y se desinforma a velocidad industrial.
Da vergüenza escucharlos. Sujetos que no saben diferenciar entre «por qué» y «porque», que asesinan el plural, que no pueden hilar tres ideas sin caer en el «ehhh», el «tú sabes» y el «o sea». Que dicen «hubieron» y «haiga», que convierten cada frase en una patada a la gramática. Que no leen, que no investigan, que no verifican, pero que opinan de todo con una arrogancia que solo se explica por la ignorancia.
El español no es un adorno, es la columna vertebral de nuestra identidad. Es lo que nos une como pueblo. Cada vez que alguien con miles de seguidores dice «a lo que vinimos» en lugar de «a lo que venimos», o confunde «aún» con «aun», no está cometiendo un error menor. Está normalizando la mediocridad lingüística. Y cuando esa mediocridad se premia con views, con patrocinios y con fama, le estamos diciendo a nuestros estudiantes que no vale la pena estudiar Lengua Española.
¿Qué ejemplo le estamos dando a los niños de las escuelas públicas? Que no importa si no sabes escribir, que puedes ser famoso insultando. Eso es una traición al esfuerzo de tantos maestros que luchan por enseñar a leer y escribir correctamente.

LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN NO ES UNA EXCUSA PARA LA CHABACANERÍA
Siempre aparece el mismo argumento perezoso: «eso es censura». No. Censura es impedir que alguien emita una idea. Regular es exigir que esa idea sea expresada con un mínimo de dignidad, de preparación y de respeto al oyente.
El Estado regula la banca, regula el tránsito, regula la medicina. ¿Por qué no va a regular un espacio que influye directamente en la opinión pública, en los procesos electorales, en la salud mental de la gente y en la reputación del país?
No se trata de perseguir voces críticas. Se trata de establecer reglas mínimas. ¿Quién habla? ¿Con qué formación? ¿Con qué responsabilidad? ¿Quién se hace cargo cuando se difama, cuando se miente, cuando se inventa una noticia desde un pod grabado en la sala de una casa?
PROPUESTA PARA UN MICRÓFONO DIGNO
La regulación debe ir por tres vías:
Primero, reactivar y modernizar la Comisión Nacional de Espectáculos Públicos y Radiofonía. No para los tiempos de la radio AM, sino para la era de YouTube, Spotify, Instagram y TikTok. Un comunicador digital que vive de la publicidad y de la audiencia ya no es un aficionado, es un actor público y debe tener un registro.
Segundo, exigir certificación básica. Un curso de dicción, de gramática, de ética periodística y de manejo de la Ley de Expresión y Difusión del Pensamiento. No es mucho pedir. Es lo mínimo que se le exige a un locutor profesional. ¿Por qué al podcaster no?
Tercero, responsabilidad legal real. Si usted tiene un pod y difama, si acusa sin pruebas, si incita al odio o si divulga noticias falsas, debe responder. No puede escudarse en «era relajando» o «es mi opinión».
El micrófono es poder. Y todo poder sin formación es peligroso. Todo poder sin reglas es abusivo.
La República Dominicana ha avanzado demasiado como para dejar su debate público en manos de quienes no saben ni siquiera conjugar el verbo avanzar. Recuperar el respeto por el español frente al micrófono es recuperar el respeto por nosotros mismos.
jpm-am


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