Solo por un cumplido, porque no se guardó la más elemental forma de la diplomacia ni de la prudencia entre dos países amigos, la embajada local de los Estados Unidos expresa que la cancelación del visado personal y oficial al presidente de la Junta Central Electoral, Roberto Rosario, “no afecta” la relación entre las dos naciones. Pero resulta que la inusual e inmerecida decisión contra el titular de un órgano del Estado dominicano -porque de eso se trata- envuelve una cuestión de soberanía, de dignidad y hasta de orgullo patrio.
La visa personal se le podía quitar a Roberto Rosario el ciudadano, y es facultad de quien la otorga, pero no se la podían cancelar la oficial de la forma espectacular que se hizo al cabeza de una institución pública en funciones, sin la ocurrencia de un hecho grave y sin la notificación previa al gobierno. Ningún dominicano sensato que tenga sentido de la independencia y de la dignidad, y que recuerde las veces que este país ha sido invadido y pisoteado por el poder extranjero, se puede alegrar (incluyendo a la oposición o quienes no fueron favorecidos en las urnas, porque podrían estar “afilando cuchillos para sus gargantas” en el mañana) de la decisión contra el funcionario.
Que pudo ser controversial, pero es dominicano, y si lo primero fue la impresión, fue por ser recto, y lo que hizo – y ahí su gran pecado- fue cumplir con un mandato de la ley, especialmente con la aplicación de la sentencia 168-13 del Tribunal Constitucional, vinculante a todos los poderes del Estado, que establece a quienes corresponde la nacionalidad dominicana. Ya Rosario, porque se negó a que la JCE entregara documentos como dominicanos a personas que no les correspondía y porque no permitió que determinados interes metieran las “narices” y dieran órdenes en el órgano electoral, había denunciado que el embajador del Norte (EU) en el país lo había amenazado con quitarle la visa.
Eso, a contra pelo de quienes jugaron al descrédito de Rosario y de todo el proceso, y quieren ahora “independientes”, donde nadie lo es, sería hacer patria, ante un acto o un proceder de clara vocación intervencionista.


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