Hubo un tiempo en que el país no sabía cuál -de dos escritores- era el político y cuál era el literato. Aunque, a simple vista, parecía que el dirigente era el político y el escritor el literato.
Pero nos equivocamos, porque, como político, el dirigente, es una cortesía; mientras que, el escritor, es el agridulce contestatario que casi olvidó la literatura.
No lo decimos nosotros; aunque lo inferimos. Lo ha dicho -sin decirlo-, sólo para halagar-reconocer, alguien -autorizado- de afuera: Mario Vargas Llosa (“…fascinante y hechicera…”).
Y no es que haya sido un veredicto-halago direccionado -el de Vargas Llosa-, o propiamente sobre la calidad y género literario de dos escritores, es que uno, de ambos -sabemos nosotros-, le entretiene más la política que la literatura. Absurda paradoja, pues, uno es, aparentemente, de oficio político; y el otro, hasta que no le ganara la política, literato a tiempo completo.
En cambio -y haciendo un paralelismo-abismo-, el Prof. Juan Bosch fue un caso atípico de político (ético-impoluto) y escritor: que cuando le ganó la política abandonó la literatura (la cuentística) y se quedó como político e intelectual, pero aferrado a la epistemología y al rigor fiel del dato. No quiso entrega a medias ni quedarse a la orilla de dos oficios: el de político profesional y el de literato-intelectual a tiempo completo.
Mientras que, el de Joaquín Balaguer, siempre estuvo claro: la política; ¿y la literatura? Evasión-poesía-etérea, discursos, ensayos, biografías, testimonios, métrica o, simples espejos-excusas para adornar y afinar su narcisismo más íntimo-público: el poder.
Más, el mismo Mario Vargas Llosa hizo el intento-ensayo, y parió, de esa amarga experiencia, una malaleche-libro-testimonio-: El pez en el agua, la más cruda confesión sobre el oficio y actividad más rupestre que existe, que, incluso, le llevó a patentar esto: “La política real, no aquella que se lee y escribe, se piensa y se imagina –única que yo conocía-, sino la que se vive y práctica día a día, tiene poco que ver con las ideas, los valores…”.
Otro ejemplo latinoamericano, al respecto, lo representa el escritor -otrora guerrillero, comandante y ex vicepresidente sandinista- Sergio Ramírez que prácticamente abjuró de la política -como oficio- para descollar en la literatura.
Entonces el escritor-vate nuestro, bien pudo-puede ejercer de intelectual-literato (haciendo crítica dura e irreverente) solo bastaba que siguiera asomándose al mundo fáctico-real de nuestra realidad sociopolítica y repartiera latigazos -a diestras y siniestras- sin banderías. Pero no, el vate ha insistido en su vocación, equivocada, de político fallido (fijación-amargura). Y el país pierde…
JPM


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