POR RAFAEL PASIAN
El surgimiento de nuevas figuras públicas refleja la crisis de representación de los partidos tradicionales y el cambio en la forma de participación política de la juventud dominicana
La política dominicana ha experimentado profundas transformaciones durante las últimas décadas. El país pasó de una etapa marcada por la persecución política y el control autoritario del Estado a un escenario en el que las redes sociales, la cultura urbana y las plataformas digitales desempeñan un papel central en la formación de la opinión pública.
En ese proceso, la comparación entre los gobiernos de Joaquín Balaguer y el surgimiento de Santiago Matías, conocido como Alofoke, permite observar dos momentos históricos distintos, pero conectados por una misma pregunta: ¿qué ocurre cuando la ciudadanía deja de encontrar representación en las instituciones tradicionales?
No se trata de comparar directamente a dos hombres ni de equiparar sus trayectorias. Se trata de analizar cómo ha cambiado la sociedad dominicana y cómo una parte de la juventud pasó de identificarse con dirigentes estudiantiles, sindicalistas, intelectuales y revolucionarios a buscar referentes en comunicadores, empresarios de medios y figuras con gran influencia digital.
Los años del miedo
Después de la Revolución de Abril de 1965 y de la intervención militar estadounidense, Joaquín Balaguer llegó al poder en 1966, en un contexto marcado por la polarización política y la fragilidad institucional. Durante los llamados “Doce Años”, entre 1966 y 1978, el país experimentó un proceso de modernización de su infraestructura, pero también una etapa de persecución contra sectores opositores.
Durante ese periodo se construyeron carreteras, presas, avenidas y edificios públicos. Sin embargo, también fueron encarcelados, exiliados, perseguidos y asesinados numerosos estudiantes, dirigentes sindicales, campesinos, profesores, periodistas y militantes políticos.

Aquella generación defendía ideas relacionadas con la soberanía nacional, la justicia social, la reforma agraria, la educación pública y la dignidad ciudadana. Muchos de sus integrantes habían sido influenciados por el pensamiento democrático de Juan Bosch, el sacrificio de Francisco Alberto Caamaño y las aspiraciones sociales de la Revolución de Abril.
El autoritarismo de esa época no se expresó únicamente mediante la represión directa. También se manifestó a través de una cultura política basada en el paternalismo y la dependencia. El presidente era presentado como una figura indispensable, capaz de distribuir empleos, viviendas, ayudas y favores, mientras el ciudadano era reducido a la condición de beneficiario del poder.
Esa lógica debilitó la ciudadanía y dejó una herencia que sobrevivió a Balaguer. Aunque cambiaron los gobiernos y los partidos, persistieron prácticas como el clientelismo, la concentración de las decisiones y la utilización del Estado como patrimonio de grupos políticos.
El desencanto con los partidos
La crisis de representación que afecta a los partidos tradicionales no surgió de manera repentina. Durante décadas, las organizaciones políticas prometieron renovación, democracia y lucha contra la corrupción, pero con frecuencia mantuvieron estructuras cerradas y alejadas de la población.
Muchos jóvenes encontraron las puertas de los partidos cerradas o se sintieron relegados a funciones secundarias. Al mismo tiempo, observaron cómo dirigentes que llegaron al poder con discursos de austeridad terminaron acumulando riquezas y privilegios.
La consecuencia ha sido una pérdida progresiva de credibilidad. Los partidos han dejado de entusiasmar a amplios sectores de la población, especialmente a una juventud que no se siente representada por los discursos tradicionales ni por las formas convencionales de hacer política.
Cuando la política pierde autoridad moral, la popularidad comienza a ocupar su lugar. En ese vacío aparecen las figuras públicas que logran conectar directamente con la ciudadanía sin depender de las estructuras partidarias.
El fenómeno Alofoke
En este contexto debe analizarse el surgimiento de Santiago Matías, conocido como Alofoke, como una figura de influencia nacional y, para algunos sectores, como una posible alternativa política.
Alofoke no procede de las élites tradicionales. Nació en Capotillo, un sector popular de Santo Domingo, y comenzó vinculado al rap y a la música urbana. Su trayectoria estuvo marcada por las limitaciones económicas, sociales y culturales que enfrentan miles de jóvenes de los barrios dominicanos.
Posteriormente desarrolló una plataforma mediática que abrió espacios a artistas y expresiones culturales que durante años fueron marginados por los medios tradicionales. En 2006 fundó Alofoke Music y, con el tiempo, convirtió esa iniciativa en un influyente grupo de comunicación digital.
Su importancia no radica únicamente en el alcance de sus programas. También representa el ascenso de una cultura urbana que durante mucho tiempo fue observada con desprecio por sectores de las élites. El rap, el reguetón y el dembow fueron considerados por algunos como expresiones marginales, sin reconocer que también constituían formas de comunicación de una juventud que no encontraba espacio en la televisión, la radio ni las instituciones culturales.
Alofoke identificó ese vacío. Dio visibilidad a artistas, comunicadores y personajes que no tenían acceso a los medios tradicionales. Transformó la marginalidad cultural en audiencia y la audiencia en poder económico y comunicacional.
Para una parte de la juventud, su figura simboliza la posibilidad de que una persona nacida fuera de los círculos privilegiados pueda construir una empresa, desafiar a las élites y convertirse en una figura nacional.

Popularidad y capacidad de gobierno
El crecimiento de una figura en las redes sociales no significa necesariamente que esté preparada para gobernar un país. La popularidad puede generar atención y movilizar seguidores, pero la administración del Estado exige conocimientos, planificación y responsabilidad institucional.
Gobernar implica comprender la economía, la educación, la salud, la seguridad ciudadana, la producción agrícola, la política exterior y la soberanía nacional. También requiere capacidad para dialogar con sectores diversos y tomar decisiones que no siempre serán populares.
Un país no es un estudio de televisión y el presupuesto nacional no puede administrarse como una tendencia digital. Las políticas públicas no deben depender de la controversia, la viralidad o los índices de audiencia.
Sin embargo, sería un error descalificar a quienes ven en Alofoke una opción política. Esa percepción no necesariamente refleja ignorancia. En muchos casos expresa cansancio, frustración y abandono.
La ciudadanía no se aleja de la política porque haya dejado de tener necesidades. Se aleja porque siente que los partidos dejaron de representar sus problemas y aspiraciones.
La cultura urbana y la nueva participación política
La juventud actual ha crecido en un entorno diferente al de quienes participaron en las luchas políticas de las décadas de 1960 y 1970. Aquella generación se organizaba alrededor de proyectos colectivos y debatía sobre ideologías, soberanía, reforma agraria, educación y justicia social.
La juventud contemporánea, en cambio, se ha formado dentro de una economía marcada por el consumo, la competencia y el individualismo. Las redes sociales han convertido la visibilidad, el número de seguidores y la capacidad de convertirse en tendencia en indicadores de éxito.
Esto no significa que la juventud de hoy sea inferior. Significa que ha sido formada bajo otras condiciones materiales y culturales.
Una sociedad que debilita la educación pública, reduce la enseñanza de la historia y convierte la cultura en mercancía no puede sorprenderse cuando muchos jóvenes buscan orientación en influenciadores y comunicadores digitales.
Si los partidos no escuchan a los jóvenes, otros ocuparán ese espacio. Si las universidades no llegan a los barrios, los algoritmos llegarán primero. Si los intelectuales utilizan un lenguaje distante e incomprensible, las figuras con mayor cercanía comunicativa terminarán imponiendo la agenda pública.
Por esa razón, el fenómeno Alofoke también constituye una crítica a la clase política, a parte de la intelectualidad y a un sistema educativo que no ha logrado conectar el conocimiento con la realidad cotidiana de la juventud.
Entre la autenticidad y la responsabilidad
La cercanía de Alofoke con sectores populares es una de las razones de su influencia. Su lenguaje es directo, espontáneo y alejado de la retórica tradicional de los políticos. Para sus seguidores, esa forma de comunicación transmite autenticidad.
No obstante, la autenticidad no debe convertirse en una justificación para la improvisación, la vulgaridad o la irresponsabilidad pública. Reconocer su origen popular no implica aprobar todas sus expresiones ni ignorar las críticas que ha recibido por la difusión de controversias, conflictos personales y contenidos considerados ofensivos o degradantes.
La cultura popular no debe ser condenada por no parecerse a la cultura de las élites. Pero tampoco debe ser idealizada. Una sociedad democrática necesita libertad de expresión, pero también responsabilidad en el uso de esa libertad.
El desafío consiste en evitar dos extremos: el desprecio clasista hacia las expresiones populares y la aceptación acrítica de cualquier figura que alcance notoriedad en las redes.
¿Una nueva forma de caudillismo?
La influencia digital puede representar una ruptura con las élites tradicionales, pero también puede reproducir viejas formas de concentración del poder.
La República Dominicana no necesita sustituir al caudillo tradicional por un caudillo de las redes. Tampoco debe pasar del político que controlaba los periódicos al comunicador que controla la conversación digital.
El problema no es solamente quién ocupa el centro de la escena. La cuestión fundamental es cómo se distribuye el poder y para beneficio de quién se utiliza.
El poder concentrado alrededor de una personalidad —política, militar, empresarial o mediática— puede convertir al ciudadano en seguidor y al seguidor en instrumento. Por eso, la democracia no debe depender de hombres imprescindibles, sino de instituciones sólidas, controles efectivos y ciudadanos conscientes de sus derechos.
Las condiciones para una eventual candidatura
Si Santiago Matías aspirara algún día a dirigir los destinos nacionales, tendría que demostrar que puede pasar de la denuncia al programa, del entretenimiento al pensamiento de Estado y del éxito individual a un compromiso colectivo.
Una eventual candidatura tendría que estar acompañada de propuestas concretas sobre educación, salud, empleo, seguridad ciudadana, desigualdad, corrupción, producción nacional, juventud, mujeres, envejecientes y diáspora.
También tendría que contar con equipos profesionales integrados por educadores, economistas, agricultores, médicos, trabajadores, ambientalistas, artistas, científicos y dirigentes comunitarios.
La popularidad sería un punto de partida, pero no una garantía de capacidad gubernamental. Una candidatura presidencial debe evaluarse por sus ideas, su equipo, su conducta pública, su programa y su compromiso con las instituciones democráticas.
Una tercera posibilidad
La sociedad dominicana no debería verse obligada a escoger entre la vieja política corrupta y una política convertida en espectáculo. Existe la posibilidad de construir una política ética, moderna, popular, democrática y socialmente responsable.
Esa política puede utilizar las redes sociales sin someterse a los algoritmos. Puede escuchar la cultura urbana y, al mismo tiempo, fortalecer la educación, la ciencia, la literatura y las artes. Puede reconocer el éxito individual sin olvidar que ningún ciudadano triunfa plenamente mientras millones permanecen atrapados en la pobreza y la desigualdad.
De Balaguer a Alofoke han cambiado el escenario, el lenguaje y los instrumentos del poder. Antes, el miedo se transmitía desde el Palacio Nacional. Hoy, la influencia se multiplica desde una pantalla.
Antes, una orden podía silenciar una emisora. Ahora, un algoritmo puede determinar qué escucha, qué discute y qué considera importante una generación entera.
Pero la pregunta esencial sigue siendo la misma: ¿quién controla el poder y para beneficio de quién lo utiliza?
El desafío democrático
Cambiar de gobernante no siempre significa cambiar de sistema. Cambiar de rostro no implica necesariamente cambiar de rumbo. Convertir una figura viral en presidente tampoco garantiza que el pueblo alcance el poder.
La verdadera transformación democrática ocurrirá cuando ningún ciudadano tenga que depender de un caudillo para hacer valer sus derechos; cuando los jóvenes no tengan que elegir entre emigrar, someterse o hacerse virales para alcanzar una oportunidad; y cuando la política vuelva a ser una vocación de servicio y no un camino hacia el enriquecimiento personal.
La memoria de los jóvenes perseguidos durante los gobiernos de Balaguer debe honrarse mediante la defensa de las libertades por las que lucharon. La juventud actual debe ser escuchada sin desprecio, pero también acompañada con educación, orientación y pensamiento crítico.
Alofoke debe ser evaluado con justicia: sin prejuicios clasistas por su origen popular, pero también sin la ingenuidad de creer que la fama constituye, por sí sola, una credencial para gobernar.
La democracia no consiste únicamente en cambiar a la persona que ocupa el Palacio Nacional. Comienza cuando cambia la relación entre el poder y el pueblo.
La República Dominicana no necesita regresar al autoritarismo del pasado ni entregarse ciegamente al espectáculo del presente. Necesita avanzar hacia una democracia social en la que el pan, la educación, la salud, la cultura y la dignidad sean derechos y no privilegios.
El cambio verdadero no llegará simplemente cuando una nueva figura ocupe el poder. Llegará cuando el pueblo deje de ser espectador, cuando la juventud se reconozca como protagonista y cuando el poder nazca de una ciudadanía organizada, consciente y capaz de exigir resultados.
Los pueblos no se liberan cuando cambian de ídolo. Se liberan cuando despiertan, recuerdan su historia y convierten su conciencia en poder.
of-am

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