Cuando una República deja de defenserse

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El autor es médico. Reside en Santo Domingo

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Existe una enfermedad que ningún cirujano desea encontrar durante una operación.

No destruye primero el corazón.

No comienza por el hígado.

No invade inicialmente el cerebro.

Ataca algo mucho más importante: la capacidad del organismo para reconocer que está siendo atacado.

Mientras el sistema inmunológico permanece intacto, incluso una infección grave puede ser contenida. Pero cuando ese sistema deja de distinguir entre lo propio y lo que amenaza su existencia, el cuerpo continúa respirando, el corazón sigue latiendo y los órganos permanecen en su sitio. Desde fuera parece vivo. Desde dentro ha comenzado a rendirse.

Las democracias también poseen un sistema inmunológico.

No está formado por linfocitos ni anticuerpos.

Está compuesto por ciudadanos capaces de indignarse, periodistas que investigan, jueces independientes, universidades críticas, empresarios íntegros, iglesias con autoridad moral, maestros que enseñan civismo e instituciones que corrigen sus propios errores antes de que estos se conviertan en costumbre.

Llamo sistema inmunológico democrático al conjunto de ciudadanos, instituciones y valores capaces de detectar, aislar y corregir las desviaciones del poder antes de que comprometan la supervivencia de la República.

Cuando ese sistema funciona, los errores existen, pero encuentra resistencia.

Cuando deja de funcionar, la corrupción deja de ser una excepción para convertirse en metabolismo.

Y esa es, probablemente, la enfermedad más grave que hoy enfrenta la República Dominicana.

La enfermedad detrás de todas las enfermedades

Durante años hemos discutido nuestros problemas como si fueran independientes.

La corrupción.

La deuda pública.

La inseguridad.

La burocracia.

La crisis hospitalaria.

La baja calidad educativa.

La impunidad.

Los combustibles.

Los subsidios.

La captura del presupuesto.

Cada uno parece explicar una parte del deterioro nacional.

Pero ninguno explica el conjunto.

Después de años observando la evolución del Estado dominicano —primero desde la medicina, luego desde la economía, la administración pública y la historia institucional— he llegado a una conclusión distinta.

La República Dominicana no padece múltiples enfermedades.

Padece una sola, expresada a través de múltiples síntomas.

Ha comenzado a perder la capacidad de defenderse.

Cuando el cuerpo aprende a convivir con la enfermedad

En inmunología existe un fenómeno conocido como tolerancia inmunológica.

El sistema deja de reconocer como peligro aquello que debería combatir.

No porque la amenaza haya desaparecido.

Sino porque dejó de reaccionar frente a ella.

Algo parecido ocurre con las sociedades.

La corrupción deja de sorprender.

La burocracia deja de indignar.

La ineficiencia deja de escandalizar.

La propaganda sustituye a los resultados.

Los privilegios reemplazan lentamente al mérito.

Y la ciudadanía termina aceptando como inevitable aquello que alguna vez habría considerado intolerable.

Ese es el momento más peligroso para cualquier democracia.

No cuando aparece el primer acto de corrupción.

No cuando surge el primer abuso de poder.

Ni siquiera cuando la economía entra en dificultades.

Las repúblicas comienzan a deteriorarse cuando la sociedad pierde la capacidad de reaccionar frente a esos hechos.

La enfermedad ya no está únicamente en quienes gobiernan.

Empieza a instalarse también en quienes dejan de exigir.

La memoria inmunológica de una nación

Todo organismo recuerda.

Después de superar una infección, el sistema inmunológico conserva memoria para responder con mayor rapidez si el mismo agresor intenta regresar.

Las naciones también poseen memoria.

La almacenan en sus instituciones.

En sus leyes.

En sus tradiciones republicanas.

En la educación.

En la cultura cívica.

En la ética pública.

Cada generación transmite a la siguiente aquello que considera innegociable.

Pero cuando esa transmisión se interrumpe, la República comienza a olvidar.

Olvida que el servicio público existe para servir.

Olvida que la ley debe ser igual para todos.

Olvida que el presupuesto pertenece al ciudadano.

Olvida que la transparencia constituye una obligación y no un acto de generosidad.

Olvida, incluso, que la dignidad humana debe ocupar el centro de toda política pública.

Y cuando una nación olvida sus propios principios, pierde también la capacidad de defenderlos.

La adaptación que termina destruyéndonos

Existe una diferencia profunda entre resiliencia y resignación.

La resiliencia permite superar una dificultad sin renunciar a transformarla.

La resignación aprende simplemente a convivir con ella.

Durante demasiado tiempo hemos confundido ambas virtudes.

Nos hemos acostumbrado a llevar múltiples copias de documentos porque asumimos que las instituciones no se comunican.

Aceptamos contratar intermediarios para obtener derechos que deberían garantizarse automáticamente.

Normalizamos esperar meses por un trámite que debería resolverse en horas.

Aprendimos que muchas veces resulta más efectivo conseguir un contacto que hacer valer la ley.

Cada una de esas adaptaciones parece razonable cuando se observa de manera aislada.

Pero todas juntas producen una tragedia silenciosa.

La ciudadanía deja de ejercer sus derechos y comienza simplemente a perfeccionar mecanismos de supervivencia.

Y una República cuyos ciudadanos solo aprenden a sobrevivir termina olvidando cómo defenderse.

El verdadero origen del deterioro

Durante décadas hemos buscado responsables individuales.

Gobiernos.

Partidos.

Funcionarios.

Empresarios.

Y ciertamente existen responsabilidades que deben ser señaladas.

Pero concentrarnos exclusivamente en los nombres nos impide comprender el fenómeno completo.

Ninguna infección prospera únicamente por la agresividad del microorganismo.

También necesita un huésped debilitado.

Del mismo modo, ninguna deformación institucional puede consolidarse durante décadas sin un progresivo debilitamiento de las defensas cívicas de la sociedad.

Las instituciones no existen separadas de la cultura que las sostiene.

Terminan reflejando aquello que la ciudadanía premia, tolera o deja pasar.

Por eso las grandes reformas nunca comienzan únicamente en los congresos.

Comienzan cuando cambia el umbral moral de una sociedad.

Cuando vuelve a considerar inaceptable aquello que durante años aceptó con resignación.

La pregunta que definirá nuestra generación

Podemos seguir discutiendo sobre presupuestos.

Sobre ministerios.

Sobre nuevas leyes.

Sobre reformas administrativas.

Todo ello será importante.

Pero ninguna reorganización institucional sobrevivirá si la República continúa perdiendo su capacidad de reaccionar frente al deterioro.

La reconstrucción nacional no empieza con un decreto.

Empieza cuando recuperamos la convicción de que el bien común merece ser defendido.

Cuando dejamos de adaptarnos a la enfermedad y decidimos combatirla.

Cuando comprendemos que la democracia no depende únicamente de quienes gobiernan.

Depende, sobre todo, de quienes se niegan a dejar de vigilarla.

Porque una República no muere el día en que aparece un mal gobernante.

Esto ocurre mucho antes.

Comienza a morir el día en que sus ciudadanos dejan de reaccionar.

Y toda democracia que pierde su sistema inmunológico termina descubriendo, demasiado tarde, que ninguna Constitución puede defender por sí sola aquello que una sociedad ya no está dispuesta a proteger.

Ese es el verdadero desafío dominicano.

No solamente cambiar gobiernos.

Sino recuperar las defensas morales e institucionales que hacen posible que una República sobreviva a ellos.

of-am

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Miguel
Miguel
16 dias hace

Doctor, le felicito por la profundidad y la claridad de su reflexión. La analogía entre el sistema inmunológico y la democracia resulta poderosa y ayuda a comprender que una República no solo depende de buenos gobernantes, sino también de ciudadanos e instituciones capaces de defender los principios democráticos.

Víctor
Víctor
12 dias hace
Responder a  Miguel

Muchas gracias, Miguel, por la generosidad de sus palabras y por una lectura tan atenta. Me alegra que la analogía haya resultado útil, porque precisamente esa era su intención: acercar un concepto complejo al lenguaje cotidiano. Así como el sistema inmunológico no evita que existan amenazas, sino que permite reconocerlas y responder a tiempo, una democracia no depende únicamente de la calidad de sus gobernantes. Depende también de ciudadanos informados, instituciones independientes y una cultura cívica capaz de distinguir entre el interés general y las ventajas particulares. Las instituciones son, en cierto modo, la fisiología invisible de la República. Cuando… Leer mas »

Rocio
Rocio
20 dias hace

EXCELENTE, DR. GARRIDO

Victor
Victor
20 dias hace
Responder a  Rocio

Muchas gracias por su comentario.

Me alegra saber que el artículo le resultó útil.

Mi propósito al escribir estas reflexiones es contribuir al debate nacional desde el análisis y la evidencia, invitándonos a pensar no solo en los problemas que enfrenta nuestra democracia, sino también en la responsabilidad que cada ciudadano tiene en su fortalecimiento.

Una República se defiende cuando sus instituciones funcionan, pero también cuando sus ciudadanos deciden involucrarse, exigir transparencia y no resignarse al deterioro.

Gracias nuevamente por leer, comentar y enriquecer esta conversación.

Un cordial saludo.

Ivy-Rose
Ivy-Rose
21 dias hace

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Braulia M.
Braulia M.
21 dias hace

Excelente articulo drVictor, Claro y preciso!Muchas gracias.

Victor
Victor
21 dias hace
Responder a  Braulia M.

Muchas gracias, Braulia.

Aprecio sinceramente que hayas dedicado tiempo a leer el artículo y a compartir tu valoración.

Mi intención al escribir estas reflexiones es aportar al debate público desde una perspectiva técnica y humanista, procurando identificar no solo los síntomas de nuestros problemas institucionales, sino también sus causas profundas.

Confío en que, como sociedad, podamos seguir promoviendo conversaciones serias sobre el fortalecimiento de nuestras instituciones, porque una República solo puede defenderse cuando sus ciudadanos participan, cuestionan y se comprometen con el bien común.

Gracias nuevamente por tu apoyo y por contribuir a mantener vivo este diálogo.

Un fuerte abrazo.

butifar co
butifar co
23 dias hace

Nuestra republica esta corrompida y ya no parece haber un medico que nos cure.

Victor
Victor
21 dias hace
Responder a  butifar co

Gracias por su comentario. Como médico, he aprendido que incluso los pacientes más graves pueden recuperarse cuando aún conservan la voluntad de luchar y cuando se identifica correctamente la causa de la enfermedad. Creo que ocurre algo parecido con Quisqueya. Nuestra democracia enfrenta problemas profundos, pero no considero que sea un caso perdido. Mientras existan ciudadanos dispuestos a defender las instituciones, exigir transparencia, participar en la vida pública y rechazar la resignación, siempre habrá posibilidades de recuperación. La cura no vendrá de un solo médico ni de un solo líder. Vendrá de millones de ciudadanos que decidan fortalecer el sistema… Leer mas »