Este año 2018, la República Dominicana conmemora el cuadragésimo aniversario de su Era Democrática, período, como ningún otro de nuestra historia, caracterizado por elecciones libres cada cuatro años, respeto a los derechos fundamentales y libertades públicas (sin asesinatos, ni presos políticos, sin persecución ni destierros a opositores, plenas libertades de expresión del pensamiento, de prensa, de reunión, a libre empresa, entre otros privilegios libertarios).
Este inhabitual periodo se inició el 16 de agosto del 1978, con la ascensión al poder del hacendado Antonio Guzmán Fernández, quien, cobijado del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), inició un admirable período de cambios sociopolíticos que se extienden cuarenta años después.
Estas cuatro décadas han sido de gran provecho político, porque se ha robustecido el modelo democrático. En sentido general, se han destronado los moldes opresivos que implantaron en el siglo XIX los grandes caudillos Pedro Santana, Buenaventura Báez y Ulises Heureaux, y que continuaron durante gran parte del siglo XX Rafael Leónidas Trujillo y Joaquín Balaguer.
La subyugación política durante el siglo XX anegó de sangre esta media isla. El tirano Rafael Leónidas Trujillo flageló al pueblo, imponiendo un prototipo omnímodo, negador de todas las formas democráticas.
Joaquín Balaguer fue el gran continuador de ese esquema autoritario. Construyó una dictadura ilustrada, que simulaba y hacía aspavientos libertarios, pero en el fondo, su absolutismo y totalitarismo eran los acordes sonoros de una triste melodía.
Objetivamente, el gran protagonista político del siglo XX fue Joaquín Balaguer, no Trujillo, porque el intelectual navarrense supo servirle al déspota sancristobalense, heredarlo, y a posteriori camuflarse con traje de demócrata.
La gran hazaña de Balaguer fue lograr, post mortem, una laudatoria declaratoria de Padre de la Democracia Dominicana, que confundirá a los historiadores de la posterioridad en torno a quien fue –certeramente- dicho personaje, porque al estudiarlo detectarán sus manchas de sangre, pero también, sus aciertos en la conducción de la nación, su tino, frugalidad, nacionalismo y pactos con el entorno liberal, no obstante sus escuálidas raíces y convicciones conservadoras.
No hay dudas de que Joaquín Balaguer fue un político astuto, inteligente y con claro sentido de la historia, porque supo adaptarse a las nuevas situaciones que se les presentaron en su larga vecindad al poder. Pero la historia tendrá que juzgarlo críticamente, porque sus manos están manchadas de sangre.
jpm


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