Hace un año asumí el compromiso de impartir docencia universitaria en UNICARIBE con una mezcla de entusiasmo, responsabilidad y respeto por una profesión que siempre he admirado. Aunque mi trayectoria profesional me había permitido participar en procesos de formación, conferencias y capacitaciones, estar cada semana frente a un grupo de estudiantes, con la responsabilidad de contribuir a su formación académica y humana, ha sido una experiencia profundamente transformadora.
Este primer año como profesor universitario me ha dejado muchas satisfacciones, pero también múltiples interrogantes sobre el estado de nuestra educación superior y sobre el papel que debemos desempeñar quienes hemos decidido dedicar parte de nuestra vida a enseñar.
La docencia universitaria no consiste únicamente en transmitir conocimientos. Enseñar implica despertar inquietudes, estimular el pensamiento crítico y, sobre todo, formar ciudadanos capaces de comprender la complejidad del mundo que les rodea. Sin embargo, esa misión enfrenta hoy desafíos que no podemos seguir ignorando.
Vivimos en una época donde el acceso a la información nunca había sido tan sencillo, pero paradójicamente el interés por el conocimiento profundo parece disminuir. Muchos estudiantes llegan convencidos de que aprender consiste en memorizar respuestas o en encontrar rápidamente información en internet. La inmediatez ha desplazado, en muchos casos, la reflexión.
Las tecnologías y la inteligencia artificial representan oportunidades extraordinarias para la educación. Sería un error combatirlas o pretender regresar a modelos tradicionales. El verdadero desafío consiste en enseñar a utilizarlas como herramientas para pensar mejor y no como mecanismos para dejar de pensar.
Durante este año he descubierto estudiantes extraordinarios: jóvenes con enormes deseos de aprender, comprometidos con su formación y conscientes de que el conocimiento sigue siendo la mejor herramienta para transformar sus vidas. Pero también he encontrado estudiantes desmotivados, con importantes debilidades en comprensión lectora, redacción, argumentación y análisis crítico. No se trata de una responsabilidad exclusiva de ellos; es el reflejo de un sistema educativo que aún arrastra importantes deficiencias desde los niveles preuniversitarios.
Esa realidad obliga a replantearnos una pregunta incómoda: ¿estamos formando profesionales o simplemente otorgando títulos?
La universidad no puede convertirse en una fábrica de diplomas. Su misión trasciende la certificación académica. Debe formar personas con criterio, ética, sensibilidad social y capacidad para resolver problemas públicos y privados.
En ocasiones también resulta necesario hacer autocrítica desde el propio sistema universitario. La innovación educativa no puede limitarse a incorporar plataformas virtuales. Innovar implica transformar la forma de enseñar, actualizar permanentemente los contenidos, vincular la teoría con la práctica y convertir al estudiante en protagonista de su propio aprendizaje.
Los profesores tampoco podemos conformarnos con repetir durante años las mismas diapositivas o los mismos ejemplos. Cada generación plantea nuevas preguntas y enfrenta problemas distintos.
Existe además otro aspecto que pocas veces discutimos: la evaluación. Muchas veces medimos la capacidad de repetir conceptos, pero pocas veces evaluamos la capacidad para analizar, cuestionar, crear o proponer soluciones. Si queremos profesionales capaces de enfrentar sociedades cada vez más complejas, también debemos cambiar la manera en que evaluamos el aprendizaje.
Después de este primer año confirmo que enseñar también significa aprender. Cada clase representa un intercambio permanente. Los estudiantes cuestionan, aportan perspectivas distintas y obligan al docente a mantenerse intelectualmente activo. En ese sentido, la docencia constituye uno de los ejercicios más exigentes de crecimiento personal y profesional.
También he reafirmado una convicción que me ha acompañado durante toda mi vida pública: la educación sigue siendo la política pública más poderosa para construir una sociedad más democrática, más justa y con mayores oportunidades. Ninguna reforma institucional tendrá resultados sostenibles si no invertimos seriamente en formar ciudadanos críticos, responsables y comprometidos con el bien común.
Al cumplir este primer año como profesor en UNICARIBE, siento gratitud hacia la institución por haberme abierto las puertas del aula, pero también renuevo un compromiso: seguir enseñando con rigor académico, aprendiendo de mis estudiantes y procurando que cada clase deje algo más que conocimientos técnicos.
Porque al final, un buen profesor no es quien logra que sus estudiantes memoricen una respuesta correcta, sino quien consigue que nunca dejen de hacerse preguntas.
Ese es, quizás, el mayor desafío de la educación superior dominicana: formar profesionales competentes, pero sobre todo ciudadanos capaces de pensar por sí mismos. Solo entonces podremos afirmar que nuestras universidades están cumpliendo plenamente con su misión.
of-am


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