Escribo estas líneas justo en un aniversario más de recibir el sacramento de la Confirmación.
Veamos de cerca de que se trata este sacramento, uno de los tres de la iniciación cristiana.
Estudiemos el significado de su palabra. Confirmación significa afirmar o consolidar. Y es que en este sacramento se fortalece y se completa la obra del Bautismo con el don del Espíritu Santo.
La filiación divina es mucho más evidente dada nuestra respuesta de unirnos más íntimamente a Cristo y su Iglesia, y de comprometernos a ser testigos de Jesucristo, de palabra y obra. Una vez confirmados somos más capaces de defender nuestra fe y transmitirla. Es el sacramento de la madurez cristiana y que nos hace capaces de ser testigos de Cristo.
Es un don y un compromiso. Es una gracia inmensa que nos anima a hacer propia de forma particular nuestra función proactiva dentro de la iglesia. Nuestra misión de atraer almas para Cristo, para rescatar a las que se están desviando del camino. En la actualidad, vivimos momentos muy difíciles, y no me refiero solo de la pandemia del coronavirus.
Me refiero a todo lo que nos aparta de Dios: El pecado.
Decía San Agustín, uno de mis doctores de la iglesia favoritos que la soberbia es el más peligroso, sobre todo cuando sin darnos cuenta nos vamos endiosando, y en lugar de buscar la voluntad de Dios y de sus mandatos y deseos, vamos queriendo hacer nuestra propia voluntad.
Voy más lejos, queriendo interpretar su Palabra medalaganariamente, e incluso tergiversar sus enseñanzas, asumiendo algunas, torciendo otras, en fin, asumir el evangelio de Cristo como si fuera un menú, donde elegimos lo que queremos cumplir de acuerdo a nuestros gustos o intereses.
Y eso, no es así. Hoy más que nunca, es preciso pedir a Dios el que nos ponga en nuestro camino un buen director espiritual, fuerte en la fe, fiel a sus enseñanzas, a la sana doctrina y por supuesto, a nosotros un corazón dócil a seguirle que sepa escuchar su voz, la de El, el buen pastor.
Y en consecuencia, ser leales y prestos a su servicio para su Gloria, jamás la nuestra. Concluyo pidiendo a El, en su Santísima Trinidad, que nos asista en estos santos propósitos porque sin El nada somos y podemos, confiada en que no solamente conoce nuestros corazones, sino que lee contigo amigo lector estas líneas a las cuales pido te unas porque unidos en un mismo Espíritu, no se deja vencer en generosidad y lograra de nuestras vidas, testimonios de amor que atraerán innumerables almas para la vida eterna.
Amén.
JPM

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