Mi primo Edwin, cuasi mi hijo -y quien una vez soñé que podría ser mi nuero-, hoy se encuentra aquejado en su salud, flotando en medio de una indefinible nebulosa y a expensas de una decisión del que Todo lo Puede y de la que podría derivarse la alegría o la desgracia de todo un abigarrado conglomerado humano en el que flotan, hermanados, los Reyes, los Jiménez y otros tantos –muchos!- apellidos que sintetizan, casi de un plumazo, la significativa fuerza de una familia, una raza y un honroso legado del que me precio de ser parte.
Por las venas de Edwin Campusano Jiménez corren, al igual que por las mías, torrentes alucinantes de una sangre que es legado, es orgullo y es mi razón de vivir. Hablar de un Jiménez, como lo es de un Reyes, constituye lo más importante de mi vida y cualquier aspecto o situación que afecte a dicho conglomerado toca las más profundas fibras de mi ser y me traslada, de inmediato, a un apabullante pasado de cariño, enseñanzas y experiencias familiares que se encuentran envueltas en lo más profundo de las letras y la nostalgia que se deriva de los apellidos de esta ejemplarizadora familia.
Edwin se encuentra estable, al decir de los facultativos que se encuentran a cargo del aspecto terrenal de su estado de salud. Confío en su diagnóstico y mis oraciones se dirigen, en este día, a pedir por la eficacia de sus habilidades y conocimientos, que permitan sacar a ese idolatrado primo del estado de letargo condicionado en que se encuentra, en este día.
Pero, por encima de todo, creo a ciegas en el poder omnipotente de Dios y lo que podamos lograr con el poder de la oración, todos los que queremos a Edwin.
Ese recurso no debe desfallecer nunca si queremos ver a nuestro amado primo sano y salvo, de nuevo junto a nosotros, recordando este amargo momento solo como una grotesca pesadilla del destino y agradeciendo a Dios por su seguro y estable restablecimiento.
Algún día recordaré estas letras junto a mi cariñoso y atento primo, en la apacible tranquilidad campestre de Villa Vitalina, en Capotillo, provincia Dajabón, en donde solemos disfrutar las delicias de la vida alejados de los vaivenes e ingratitudes de la rutina diaria.
Cuando eso suceda, volveré a ser feliz.
Mientras tanto, como me enseñó a hacerlo Vitalina, no soltaré el rosario, las oraciones y las súplicas en procura de la recuperación de la salud de mi adorado familiar.
Hasta tanto eso suceda, no volveré a ser feliz ni podré observar con los mismos ojos la intensidad del sol que ilumina de manera ostensible en esta luminosa tarde a la Gran Manzana.
of-am


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