Aun con sus notables fallas, la democracia dominicana se erige hoy como uno de los sistemas políticos más relevantes de América Latina, donde espacios democráticos caen como torres de naipes al menor soplo en un entorno geopolítico matizado por el ascenso de regímenes de extrema derecha.
Esas tormentas ideológicas ultras con epicentro en Washington han erosionado estructuras de democracia liberal en Colombia, Perú, Ecuador, Bolivia, Chile, Paraguay, Costa Rica, Venezuela, Honduras, Guatemala, El Salvador y Argentina, al amparo del resurgimiento de la mentada Doctrina Monroe, de “América para los americanos”.
La dominicana es una de dos o tres democracias dependientes a las que todavía se permite perfilar semejanza con el sistema político estadounidense basado en la separación de poderes, respeto a la propiedad privada, a los derechos humanos y a una soberanía restringida.

Ocho presidentes
Desde la Revolución de Abril de 1965, el país ha tenido ocho presidentes electos en procesos comiciales, algunos con votos mal contados, que han encabezado 17 gestiones de gobierno, lo que prueba que el espacio democrático mantiene un proceso de consolidación, aun con crisis políticas relevantes, como la de 1994.
Estados Unidos seguirá gravitando por muchas generaciones sobre el destino dominicano, ahora con mayor crudeza ante la intempestiva radicalización de su política exterior, sumado a la disrupción económica y geopolítica que convulsiona al mundo, por lo que la nave nacional corre el riesgo de ser arrastrada por esos vientos de tormenta.
La cultura política dominicana no ha sido contaminada por extremismos políticos de izquierda ni de derecha, lo que se atribuye a que la base ideológica de cuatro de los cinco partidos que han dirigido al Estado fueron alimentadas por los pensamientos políticos de Juan Bosch y José Francisco Pena Gómez.
Entre las razones por las cuales, los gobiernos de los últimos 60 años han oscilado entre centro izquierda y centro derecha, figura que la economía dominicana mudó principalía desde el mono cultivo a los servicios, con el estímulo de la migración y las zonas francas, lo que restó influencia al sector oligárquico.
El presidente Balaguer, que en termino económico representó al sector remanente de la tiranía, fue el propulsor de las leyes agrarias, de Cuota Parte, de protección a la foresta y control migratorio, lo que prueba que aun los regímenes más represivos no giraron del todo hacia la extrema derecha.
Al liderazgo político dominicano le corresponde vadear este temporal histórico, preservar y fortalecer los cimientos que sostienen al espacio democrático, sin hacerse los graciosos ante el liderazgo de una potencia que también vive un proceso de cambio en todos los órdenes. Cabeza fría, aunque arda el corazón.
JPM


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