El salesiano Rogelio Cruz lleva su vida solazándose en la notoriedad procurada con acciones y pronunciamientos. Tiene seguidores, como cualquier rapero.
También, igual que artistas orilleros, cae malísimo a muchos conservadores.
Sus extravagancias y heterodoxia, empero, no constituyen una licencia para volarse leyes, reglas ni normas.
Declarar en el Registro Civil como hijos suyos, séanlo o no, a infantes y niños, es cuando menos escandaloso por ser él sacerdote; indigno de gente seria si no ha asumido realmente las obligaciones legales y morales que conlleva la paternidad; revelador de un carácter de dudosa calidad y poco prigilio, si creía que ser religioso le investía de impunidad.
Fanáticos del cura se desagarran las vestiduras diciendo que se trata de una nimiedad si se le compara con pederastas, violadores y otros infames que la Iglesia ha padecido.
Es una comparación injusta e improcedente.
La cuestión ni siquiera se trata de si Rogelio tiene hijos biológicos, sino su voluntad pertinaz por incordiar la autoridad jerárquica eclesiástica y también la legalidad civil. ¡Qué bruto es!


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