Cualquier honesto empleado público o privado ha debido soportar alguna vez la lamboneria de quienes Haciendo valer su amistad con algún alto funcionario logran imponer la prioridad de sus intereses domésticos aún contra la ley y en perjuicio del interés comunitario.
Estas cosas que sucedieron siempre, alcanzan hoy alarmante propagación. El aventajado no necesita lesionar el principio de igualdad ante la ley para obtener lo que se propone. Su psicología le hace creer que forma parte de un sistema preexistente en donde las relaciones intercomprometidas son indispensables para obtener cualquier logro posible.
Cada aventajado tiene su propia herramienta, su cuña. Normalmente un encumbrado amigo a quien no duda en distraer de sus importantes funciones para aburrirlo con la larga exposición de algún problema personal hasta que finalmente y esto es lo lamentable consigue esa orden que relampagueante desciende la escala jerárquica del gallinero burocrático para torcer en su favor el curso de un trámite administrativo.
Las pretensiones son de los más variadas. Suelen ir desde la obtención de pequeños privilegios menores hasta la adopción de graves decisiones políticas a favor de importantes intereses creados, y a veces esto es afortunadamente excepcional.
Entre los pequeños aventajado adviértese la enorme proporción numérica de gente anciana, retirada de sus actividades laborales, con pocas cosas en qué ocupar su tiempo y con mucho aburrimiento.
Lo que no deja de ser paradójico si atendemos a las razones éticas que suelen justificar tales cambios, y son mucho más peligrosos que los “amigos” de los políticos en épocas de normalidad institucional. Debe ser porque estos conspicuos ciudadanos, alérgicos a la política, piensan que con una revolución les llegó la hora de la revancha.
¿Pero quién es el culpable de que estos desubicados existan y se salgan con la suya?.Que se concentre tanto poder para conceder privilegios a unos negándoselos a otros.
Indudablemente hay funcionarios con agallas y dignidad suficiente como para no prestarse de instrumento de nadie ni permitir que la amistad pueda ser invocada con propósitos subalternos. Pero lamentablemente son los menos.
Por eso cuando se habla de jerarquizar la administración pública no debe olvidarse este fundamental aspecto de la personalidad del buen funcionario, y sobre todo, debe procurarse que el buen ejemplo venga desde lo más arriba posible.
jpm


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