Las naciones y el nacionalismo que suele acompañarle han sido declarados extinguidos o superados en numerosas ocasiones. Sin embargo, renacen una y otra vez con gran fuerza, a veces virulenta y destructiva.
Y es que como expresó Burke, “las naciones son entes complejos: están integradas por seres que existen y por seres que no existen, que no existen porque murieron o porque no han nacido”.
Se van realizando en la historia desde tiempos inmemoriales: tienen instintos, sentimientos, personalidad, memoria colectiva. Trascienden a individuos, grupos, etnias, y son clave en su formación, existencia e identidad. Cuando las naciones son desconocidas o aplastadas demuestran tener gran resiliencia. Igual, cuando experimentan que su existencia o modo de vida están amenazados. Es grave error minimizarlas.
Los imperios centroeuropeos se desintegraron en una conflagración mundial detonada por grupos nacionalistas. El imperio soviético sucumbió en forma sorprendente e incruenta, en gran modo por subestimar “la cuestión nacional”, que a Gorbachev en su libro Perestroika apenas le mereció unas líneas.
La tendencia a devaluar las naciones, sus identidades y sensibilidades, en tiempos de globalización ha sido muy acentuada, cargada de soberbia. Desde el enfoque neoliberal son “vestigios de tribalismo”. Para los comunistas “un prejuicio burgués”.
Detrás del hecho innegable de que los pueblos del mundo están más interconectados que nunca, por procesos cada vez más complejos y necesidades que exigen cooperación supranacional, hay mucho de un discurso ideológico dirigido a construir el imaginario de un mundo sin fronteras estatales ni identidades nacionales, cada vez más homogeneizado por los mercados, las grandes marcas y las empresas multinacionales. Ton Freidman auguró el fin de las guerras y conflictos étnicos en sociedades donde se instalara la franquicia Macdonald.
En estos días, naciones y nacionalismo demuestran su gran persistencia y reactivad en Europa y EUA, donde existe un movimiento poderoso de resistencia y revisión de los esquemas imperantes de globalización y supranacionalidad.
El Brexit asestó un durísimo golpe a la construcción europea, y reforzó los movimientos similares en el continente. Pero, sin dudas, la elección de Trump -paradójicamente el hacedor de una exitosa marca global-, encabeza la rebelión contra las élites globalizadoras que han pretendido afianzar su dominio destruyendo naciones y disolviendo valores tradicionales.
El presidente Trump, que no cuestiona propiamente la globalización, recibió mandato del pueblo nortamericano de revisar y reajustar la relación costo beneficio de los EUA con la globalización.
A todas luces, el saldo de esa relación ha sido perjudicial para sus clases trabajadoras y medias, cuestiona la hegemonía social de su mayoría blanca y sus valores, y amenaza la paz mundial al arrastrarlos a una confrontación con la Rusia de Putin, asediada y recelosa, que a su vez reafirma un nacionalismo panruso.


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