Como peatón consuetudinario que he sido, siempre he definido el mal llamado transporte público como una pesadilla sobre ruedas. En los gobiernos anteriores al PLD, desplazarse en los espacios urbanos era un viacrucis, eso sin contar lo costoso que resulta la movilización en motoconcho, concho, voladora, etc.
Pero si hay un lugar en el que trasladarse de un lugar a otro resulta una modorra, ese sitio lo representa la parte norte del Gran Santo Domingo. Decenas de barriadas que colindan con los ríos Ozama e Isabela padecen a diario la amargura de transportarse en esa parte de la zona citadina.
Es por eso que el anuncio de las autoridades de la construcción del teleférico de Santo Domingo, con una inversión de casi sesenta y nueve millones de dólares, debe ser aplaudido y defendido por toda la sociedad, pues la majestuosa obra viene a solucionar un grave e inhumano problema que están obligadas las gentes de esa localidad a enfrentar, como lo es el vil y costosísimo transporte público.
La primera ruta del Teleférico de Santo Domingo contará con cinco kilómetros, y se extenderá desde la populosa barriada de Gualey hasta la super poblada avenida Charles de Gaulle, conectando con las comunidades de Los Tres Brazos, Sabana Perdida y La Victoria.
Pero como parte de todo un sistema integral de transporte público, las autoridades gubernamentales interconectarán todo el entramado del Teleférico de Santo Domingo con la Línea Dos del Metro, e igualmente inaugurará el Acuabus, una especie de vía acuífera a través de las celestiales aguas del río Ozama, lo que rescatará a cientos de miles de personas residentes en las orillas de esa maravilla natural urbana, que han tenido que padecer la ignominia del transporte público.
Pero si el Teleférico de Santo Domingo, y el Acuabus vendrán a rescatar a las grandes mayorías residentes en esa zona de la afrenta que le representa en términos de calidad y seguridad el día a día del transporte públicos, el conjunto de obras igualmente le reportará grandes ahorros a las de cientos de familias pobres, que cotidianamente tienen que dedicar un porcentaje altísimo de sus ingresos a transportarse.
Claro está, aparecerán grupejos enemigos del progreso y de la solución a los acuciantes problemas nacionales, y críticos de marras los cuales buscarán hacer demagogia y politiquería barata mientras las obras estén en construcción como forma de confundir a la población que suspira por ver el conjunto de trabajo ya en operación.
Pero esas campañas negativas de los heraldos del atraso y el subdesarrollo no prosperarán, pues la gente, no ha escondido sus simpatías con las obras, en el mismo instante en que en que el gobierno anunció las mismas.


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