Nunca tuvimos tantos medios. Canales, podcasts, newsletters, hilos, streams, portales, redes que funcionan como periódicos. En teoría, vivimos en la era de la pluralidad absoluta.
Y sin embargo, nunca el discurso fue tan parecido.
La diversidad que nos prometió internet era una diversidad de voces, de enfoques, de mundos. Lo que obtuvimos fue una diversidad de logos diciendo lo mismo. Mismo encuadre, mismas palabras clave, mismos villanos y mismos héroes, con apenas una variación estética.
Antes, la escasez obligaba a la diferencia. Un periódico de provincia, una radio comunitaria, una revista independiente tenían que existir por algo propio. Hoy la abundancia obliga a la conformidad.
Porque la distribución ya no la decide el editor, la decide el algoritmo. Y el algoritmo no premia lo distinto, premia lo que funciona. Si una narrativa genera indignación, todos la replican. Si una palabra es castigada, todos la evitan. Así, en cuestión de horas, cientos de medios que se dicen diferentes terminan con el mismo titular reescrito cinco veces.
Tenemos mil espejos, pero todos reflejan el mismo cuarto.
Diversidad de identidades, uniformidad de ideas
Nos vendieron que la diversidad era poner rostros distintos frente a la cámara. Y sí, los rostros cambiaron. Pero el guion no.
Puedes ver a cinco presentadores diferentes, de cinco orígenes diferentes, en cinco plataformas diferentes, explicándote el mismo hecho con el mismo marco moral, con la misma conclusión permitida. La diversidad se volvió cosmética.
La diversidad real no es quién habla, sino qué se puede decir. No es cuántas cámaras hay, sino cuántos ángulos están permitidos.
Hoy puedes decir lo mismo de mil maneras, pero no puedes decir mil cosas distintas.
El miedo como editor invisible
La otra causa es el miedo. El miedo a la funa, al desmonetizado, a perder el acceso, a ser señalado por los tuyos.
Eso genera autocensura preventiva. Los periodistas ya no necesitan que les digan qué no publicar; ellos mismos aprenden a no acercarse a ciertos temas. No por una orden directa, sino por cálculo de supervivencia.
Y cuando todos calculan igual, el resultado es una homogeneidad perfecta sin necesidad de conspiración.
Por eso, más medios no significó más debate. Significó más eco.
La verdadera diversidad no es ruidosa. No es tener 100 voces gritando al unísono la palabra diversidad. Es tener 10 voces que se atreven a discrepar entre sí y seguir conversando después.
Y de eso, hoy, tenemos menos que nunca.

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