Las calles no pueden seguir secuestradas
Por FRANCISCO ORTEGA
La convivencia vial en la República Dominicana atraviesa por uno de sus momentos más delicados. Cada día, miles de ciudadanos se enfrentan no solo al caos del tránsito, sino también a una preocupante cultura de agresividad protagonizada por una parte del sector motorizado y del motoconcho.
No se trata de condenar al trabajador honesto que utiliza una motocicleta para llevar el sustento a su hogar, sino de reconocer una realidad que se ha convertido en una amenaza colectiva: irrespeto a las señales, circulación temeraria, invasión de aceras, discusiones violentas y una actitud desafiante hacia conductores y peatones.
Recientemente el país fue testigo de un hecho alarmante que refleja el deterioro de la convivencia ciudadana en nuestras vías: la agresión sufrida por el conductor de un vehículo escolar a manos de un motorista. Más allá del incidente en sí, lo verdaderamente preocupante es el nivel de intolerancia y violencia que parece haberse apoderado de algunos actores del tránsito. Que un chofer encargado de transportar estudiantes sea atacado en plena vía pública evidencia hasta qué punto hemos comenzado a normalizar conductas peligrosas y agresivas.
En muchas calles parece imponerse la ley del más imprudente. El semáforo en rojo resulta opcional para algunos motoristas; las aceras son utilizadas como carriles improvisados y cualquier reclamo puede terminar en insultos, amenazas o agresiones físicas. Frente a esta realidad, más que hablar de ausencia de autoridad, lo que se hace evidente es la necesidad de una acción policial y de control mucho más firme y constante.
Desde protagonizar carreras clandestinas en carreteras y autopistas, hasta convertir las calles de nuestras ciudades en escenarios de caos e intimidación, una parte del sector motorizado parece haber asumido las vías públicas como territorio sin normas. El problema ya no es solamente el desorden vial; es la agresividad con la que muchas veces se actúa frente a conductores, peatones e incluso autoridades.
La reciente agresión contra el conductor del vehículo escolar volvió a encender las alarmas sobre una situación que comienza a tornarse insostenible. Lo preocupante no es solo el hecho aislado, sino la normalización de una conducta cada vez más violenta: discusiones que terminan en amenazas, irrespeto a las señales de tránsito, invasión de carriles y una actitud desafiante ante cualquier llamado al orden.
La ciudadanía necesita sentir que las normas existen, pero también que se aplican con autoridad y consecuencias reales para quienes violentan la paz y la seguridad vial. Urge fortalecer la educación ciudadana, endurecer la fiscalización y promover una cultura de respeto mutuo en nuestras vías.
El motorista responsable merece reconocimiento y apoyo, pero la agresividad y el desorden no pueden seguir siendo tolerados como parte normal del paisaje urbano. Recuperar el respeto en las calles es también recuperar la convivencia social.
Cuando una sociedad pierde la disciplina en sus vías, comienza lentamente a debilitar el respeto por la vida y por los demás.
SP-am

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