En un mundo atravesado por conflictos simultáneos, la incertidumbre ha dejado de ser una categoría abstracta para convertirse en una experiencia cotidiana.
La posibilidad -ya no impensable- de una Tercera Guerra Mundial alimenta una ansiedad global que, como advirtió el sociólogo Zygmunt Bauman, define nuestra época: “la vida líquida es una vida precaria, vivida bajo condiciones de incertidumbre constante”.
Las cifras confirman que no se trata de una percepción aislada. Casi el 50% de los europeos considera probable un conflicto mundial en la próxima década, y entre el 68% y el 76% teme que implique armas nucleares.
Más aún, una encuesta internacional reciente muestra que la mayoría de ciudadanos en Occidente cree “más probable que improbable” una guerra global en los próximos cinco años.
La ansiedad no surge del vacío: responde a señales persistentes de inestabilidad.
El Foro Económico Mundial identificó los conflictos armados como la principal preocupación global a corto plazo, mencionados por el 23% de los expertos. Y más de ocho de cada diez personas consideran que los gobiernos no están preparados para evitar una escalada global.
Este desfase entre amenaza percibida y capacidad institucional alimenta una sensación de desamparo colectivo.
Desde la psicología, el fenómeno tiene nombre: “ansiedad nuclear”.
No es nuevo, pero ha resurgido con fuerza. La exposición constante a noticias de guerra intensifica el miedo, generando un “bucle informativo” que amplifica la angustia.
Como señaló Sigmund Freud, “la incertidumbre es la mayor de todas las angustias”, porque priva al individuo de control sobre su destino.
Sin embargo, reducir este momento histórico a una espiral de miedo sería incompleto. También revela una verdad incómoda: la interdependencia global ha convertido cualquier conflicto en una amenaza compartida.
El filósofo Ulrich Beck lo anticipó al hablar de la “sociedad del riesgo”, donde los peligros ya no son locales sino globales y difusos.
Hoy, la ansiedad mundial no es solo emocional; es estructural. Surge de la convergencia entre geopolítica, tecnología y percepción mediática.
Entenderla no implica negarla, sino reconocer que, en un mundo hiperconectado, el miedo también se globaliza.
La pregunta, entonces, no es si vivimos tiempos inciertos -eso es evidente- sino si nuestras instituciones, y nosotros mismos, estamos preparados para habitar esa incertidumbre sin sucumbir a ella.
jpm-am

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