Ultracrepidario es un adjetivo que describe a una persona que opina o habla con autoridad sobre temas que desconoce. Proviene del latín ultra crepidam, asociado a la expresión Ne sutor ultra crepidam:“Zapatero, a tus zapatos”.
Según la tradición, el pintor griego Apeles respondió así a un zapatero que, después de señalar correctamente un defecto en una sandalia de uno de sus cuadros, comenzó a criticar otros aspectos de la pintura que escapaban por completo a su conocimiento.
La historia tiene siglos, pero parece escrita para nuestros días.
Vivimos en una sociedad donde opinar se ha convertido casi en una obligación. Todos tenemos derecho a hacerlo, naturalmente. El problema comienza cuando confundimos el derecho a opinar con la autoridad para saber. Una cosa es expresar lo que pensamos y otra muy distinta pretender sentar cátedra sobre aquello que desconocemos.
Hoy encontramos especialistas instantáneos para todo. Personas que en una misma conversación pueden convertirse en médicos, economistas, abogados, ingenieros, estrategas políticos, entrenadores deportivos y expertos en relaciones internacionales. No preguntan: afirman. No investigan: concluyen. No dudan: sentencian.
Y quizás ahí está una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo: tenemos más información disponible que nunca, pero no necesariamente más conocimiento.
Las redes sociales han amplificado este fenómeno. Basta leer un titular, escuchar treinta segundos de un video o recibir una información por WhatsApp para que algunos se consideren preparados para emitir una sentencia definitiva. Y muchas veces quien realmente conoce el tema habla con prudencia, mientras quien menos sabe lo hace con una seguridad impresionante.
La verdadera inteligencia, sin embargo, también consiste en conocer nuestros límites.
Decir “no sé” no disminuye a nadie. Por el contrario, puede ser una extraordinaria demostración de madurez. Preguntar antes de afirmar, escuchar antes de responder y aprender antes de enseñar son virtudes que parecen sencillas, pero requieren humildad.
“Zapatero, a tus zapatos” tampoco significa que debamos permanecer callados sobre todo aquello que no pertenece a nuestra profesión. Podemos opinar, debatir, cuestionar y discrepar. La sociedad necesita ciudadanos interesados en los asuntos que les rodean. Lo importante es distinguir entre una opinión y un conocimiento, entre una percepción personal y una verdad sustentada.
Todos, absolutamente todos, podemos ser ultracrepidarios alguna vez. Yo también. Basta dejarnos llevar por esa necesidad humana de querer tener siempre una respuesta.
Por eso, quizás deberíamos recuperar una costumbre que parece estar desapareciendo: escuchar más, preguntar más y sentenciar menos.
Hay conversaciones en las que demostrar inteligencia no consiste en tener la última palabra.
Consiste simplemente en reconocer:
“De eso no sé lo suficiente para opinar con propiedad.”
Y créanme, pocas frases demuestran tanta seguridad, tanta prudencia y tanta sabiduría.
Zapatero, a tus zapatos.


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