¿Y ese triunfalismo?

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EL AUTOR es periodista y catedrático universitario. Reside en Santo Domingo.

Cada semana sale por lo menos una encuesta, cuyos resultados procuran ofertar percepciones políticas y están en consonancia al deseo del que la paga, relajando un procedimiento que, cuando se hace cumpliendo con rigores científicos, arroja datos muy aproximados a la realidad.

          Sin embargo, ninguna encuesta que se haga en estos momentos, aún revele estadísticas serias,  reflejará el comportamiento electoral de mayo venidero. Se trata de un retrato del momento. Apenas sirve para identificar variables, establecer debilidades y fuerzas, enmendar yerros y diseñar estrategias nuevas, en caso de que sea necesario.

           El panorama presente, empero, está indefinido y es un imposible hacer proyecciones con resultados del momento.

          Hasta ahora lo único que se proyecta con cierta lógica es la candidatura presidencial de Luis Abinader por el PRM. Lo ilógico sería que gane Hipólito Mejía, en clara desventaja en todas las encuestas y desaprobado por el grueso de sus compañeros. El panorama del PRM es claro.

          Pero en lo que respecta al PLD  cada día su situación es más confusa, oscura, sumido en la confrontación de dos sectores poderosos. Tanto Danilo Medina, que posiblemente auspicie a uno de los suyos, como Leonel Fernández, han demostrado contar con poder político, económico y militar.

          Un eventual triunfo opositor podría depender de la división del PLD, pero también de una fuerte coalición,  similar a lo que fueron  el Acuerdo de Santiago en 1974 o el Acuerdo de Santo Domingo en 1994 y 1996.

           Además,  ese frente opositor requerirá de recursos económicos, pues estamos en una sociedad muy diferente (sociedad corrompida), en la que a la mayoría de los jóvenes no les motiva la política (habría que destinar recursos con miras a concienciar a la juventud) y un segmento importante de la clase pobre vende el voto, práctica aberrante que no se supera en los meses que restan.

          A diferencia de Bosch y Peña Gómez, que dictaban charlas radiofónicas para orientar, hoy día ningún líder se comunica con la población. Esa es una de las razones por la que mucha gente pobre vende su conciencia.

           De todos modos, si la oposición se aglutina y se dota de recursos económicos y por otro lado el PLD se unifica, entonces estaríamos presenciando un choque de trenes. El PLD tendría la ventaja del uso del presupuesto nacional para incrementar el clientelismo y el asistencialismo (asistencialismo que se expresa con diversos tipos de bonos), comprar partidos, delegados de mesa (casi siempre los compra) y contratar expertos internacionales en fraudes electorales.

           Sume a esa falta de equidad cualquier eventual ayuda de “árbitros electorales”  que tienen deudas de gratitud con el oficialismo, no sólo por su designación sino porque también sus parientes más cercanos cobran en el Estado jugosos salarios, en algunos caos en dólares o euros.

          Un indicador favorable a la oposición es el descrédito del PLD después de 20 años de gobierno, en los cuales han ocurrido decenas de escándalos de corrupción que involucran a la mayoría de sus dirigentes principales. ¿Dónde hallará sangre nueva?

           La oposición deberá seguir enarbolando la bandera contra la corrupción, la impunidad y el rescate de las instituciones democráticas. Y hacerlo mediante manifestaciones sistemáticas, para contrarrestar la agenda del PLD que impone a través de su poder mediático y sus millares de bocinas.

          De todos modos, habría que esperar a marzo o a abril para, en base a estadísticas, hacer proyecciones aproximadas a los resultados del certamen venidero. A veces se torna difícil identificar a un inminente ganador, pues en el país se han celebrado comicios extremadamente cerrados, tales como los de 1986, 1990, 1994, 1996 y 2012.

          No hay motivo para triunfalismo ni de un lado ni de otro. Las celebraciones se hacen después que se gana.

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