Se inicia la marcha de la fanfarria y de la fantasía. La ilusión de muchos, el horno donde unos pocos logran grandeza y riquezas. Las elecciones nos lanzan a una tierra del Nunca Jamás, donde la mentira es verdad y la verdad es lanzada al zafacón.
Si la historia se estudia y se convierte en piedra de investigación y de actualización, si la historia es hoy y no ayer, entonces todas las elecciones constituyen una falsa, donde solo importan las promesas, el puño levantado, la voz en alto, la música, los corifeos y esa esperanza eterna de los de abajo vivir bien por un día.
En las elecciones gana una élite, la cabeza, el grupo gobernante, los que están en la parte del alfiler que no es punta de lanza. La mayoría son los soldados de a pie, los que dejan los campos de batalla llenos de cadáveres, y los que siempre piensan que mañana será un mejor día.
Es una pena que las elecciones sean un ejercicio normado por el poder de los que tienen. Un pie por suelo es difícil que pueda aspirar a un puesto público, cuando se deben invertir millones por un simple cargo de concejal. Muchos se consuelan con la idea de que cada persona es un voto y que todos valen igual en el día de los conteos.
En sociedades marginales, del mal llamado tercer mundo, es difícil que todos sean iguales, aunque sea por un momento. Esa igualdad nunca puede estar en la medición de un buen rasero. El hombre es cuestionado por sus lagunas culturales, por su analfabetismo, por su hambre, por su exclusión. El sonar de las tripas hace crecer las barreras. Unos votan para mantener su sistema, los otros con la esperanza de que el pan les llegue una vez al día.
Tal vez en los sistemas electorales libres se consagra la idea de que la mayoría es minoría. Las familias tradicionales tienen en sus bolsillos la carga mediática de mover los hilos de la política. Son una minoría en número, pero tienen los resortes suficientes para poder disparar a la otra hacia el espacio que quieran.
Para pensar que algún día un voto sea un hombre o una mujer, que todos sean iguales, se tiene que acabar con esa distribución odiosa de la riqueza, en que el poder de los pesos dobla el espinazo a todos los excluidos sociales.
Es la hora de la barbarie cuando un iletrado tiene que pensar, como puede haber equidad de juicio si un hambreado tiene que sobreponerse a sus angustias internas. Sin pan, sin educación, sin techo, sin trabajo, sin deseo de vivir, no puede haber igualdad, y menos que el voto sea igual y con el mismo valor para todos.
La democracia se sustenta en una real integración social, política y económica. Con estas divisiones y exclusiones dictadas por la riqueza de pocos y la miseria de muchos, el día de los votos no todos seremos iguales.
Jpm


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