La clase política dominicana ha sido acremente denostada, vituperada y acusada de corrupta, en una acción a todas luces injusta y se ha querido meter a todo el mundo en el mismo saco porque una milésima parte de quienes la componen y quizás en menos proporción, se haya visto envuelta en supuestos desmanes que contravienen con el decoro y las buenas costumbres, incluso se ha llegado al extremo imperdonable de sentar aalgunos en los banquillos judiciales.
Ciertamente, los políticos han sufrido muchas vejaciones y desconsideraciones por parte de la ciudadanía, que solo por el hecho de haber votado por ellos, se cree con el derecho y la potestad de poner su moral y honestidad en tela de juicio y siempre esta dudando de su seriedad, como si se trataran de personas inescrupulosas, y no de sacrificados hombres y mujeres que entregan sus mejores esfuerzos con dedicación y esmero por el bienestar de la Patria.
Es tiempo ya de que termine esta malsana práctica en contra de nuestra clase política y que le valoremos en su justa dimensión y le dejemos trabajar en paz, sin tantas bullas ni estridencias, porque de un momento a otro cambian de barrios de mujeres y amigos, y se montan en vehículos de lujos, y compran suntuosos apartamentos, fincas, yates, aviones o helicópteros, etc, etc, etc y muchas más etcéteras y etcéteras
Además todos estamos conscientes que esas supuestas inversiones y las jugosas cuentas bancarias aquí y en exterior, tienen el firme propósito de garantizar y facilitar los ingentes trabajos que en beneficio de toda la población, y que se sepa, sin tomar ningún descanso cada día realizan por el país.
Debemos ser entonces más consecuentes, ser más comprensivos y entender que son muchos los recursos, los sacrificios, los esfuerzos y compromisos en que estos deben de incurrir para llegar a la posición y el Estado,como indefenso proveedor, está en la obligación de resarcir toda su inversión y claro está, con sus intereses incluidos, para los viáticos y gastos de representación más las ñapas y las ñapitas que aparezcan.
Caramba cuánta injusticia, esa pobre gente sacrificándose hasta más no poder, tanto así, que a veces no tienen ni dinero para comprar una botellita de agua o tienen que pedirle el pasaje algún pariente o vecino o coger una bola para llegar al Senado, y aún así son tan incomprendidos por una buena parte de la población.
No obstante, hay que reconocer que existen quizás, no muchas, pero si honrosas excepciones que merecen nuestra distinción y respeto, aunque por la confusión es posible que necesitemos la lámpara de Diógenes de Sinope para poder verlas.


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