Al margen de cualquier análisis puntiagudo o especializado sobre el fenómeno Donald Trump, que, al principio nadie creía llegaría siquiera a la esquina, estoy convencido de que más que la expresión de miedo-temor –en un amplio segmento de la población blanca-conservadora (y una franja de los afroamericanos) frente a la migración y al terrorismo- y la búsqueda de un hombre fuerte-patriarcal que, de alguna forma, recupere algo de la otrora omnímoda supremacía mundial de los Estados Unidos, hay dos elementos que, en mi opinión, explican, en parte, tal ascendente de un showman cuyo fuerte no es la política sino los negocios y el espectáculo. Esos dos elementos, a mi modo de ver, son: a) el antecedente Barack Obama; y b) la evidente escasez de liderazgo -de oficio netamente político- carismático o aglutinador en el partido republicano.
Cierto que esta lectura resulta simplona, pero no hay que obviar que la llegada de Barack Obama al poder rompió con una serie de estereotipos históricos sobre el perfil presidencial en un país cuya casa de gobierno –y en palabras de Fidel Castro- se denomina “la Casa Blanca”, y lo mas insalvables, barreras políticas, étnicas e ideológicas inimaginables; por igual y en justificación de Donald Trump, se podría decir –en cabeza de muchos- que porque no llevar también -y saldando la distancia con Reagan- a un showman suelto que piensa y actúa como muchos norteamericanos. Lo digo, porque a veces los pueblos -y la historia universal está repleta de esos accidentes- juegan a obnubilarse (ejemplos: Hitler, Mussolini, Berlusconi) o ensayar formulas atípicas de poder y destino.
No obstante, de ganar Donald Trump la nominación de su partido y luego la presidencia de los Estados Unidos, el mensaje sería por partida doble, y no solo para los republicanos, sino también para los demócratas, pues, por un lado, habrá derrotado a toda una generación “joven” de políticos; pero, al mismo tiempo, y por el otro lado, estaría confirmando un descrédito y, de paso, haciendo añico un bipartidismo-stablement obsoleto que Bernie Sanders empieza a quebrar.
De modo, que son muchas lecturas que nos ofrece el actual proceso político-electoral norteamericano en el que, y sobre todo, los votantes hispanos deberán de aprender a votar no en función de cliché o de identificación tradicional con un partido, sino, en función de una agenda a más largo plazo y con la vista puesta en las ventajas de sacarle capital a los dos partidos (pues, y como decía Gabriel García Márquez -si no me equivoco-, la diferencia es que uno va a misa a las 9 y el otro a las 10) sin dejar de aproximarse al tipo de discurso como el que está ensayando Bernie Sanders.
En conclusión, es tiempo de que los hispanos comiencen a reflexionar sobre las ventajas y desventajas de estar poniendo todos los huevos en una sola canasta. O tal vez, despejar-sentar distancia con un histórico oportunismo político-electoral (sobre todo, de los demócratas): el creer que todo hispano o migrante anda buscando un camino a la ciudadanía, cuando probablemente, y quizás realmente, lo que necesitan -¡con urgencia!- es un permiso-residencia, y después hablamos.
Lógicamente, aún falta un tramo critico de las primarias, pero hay que estar conteste en que la actual coyuntura política-electoral -en los Estados Unidos- ha puesto de manifiesto desconciertos, crisis y perplejidades como la de que un Donald Trump haya puesto en jaque a toda una clase política con una tradición histórica de más de doscientos años. Y eso, diga lo que se diga, es un signo de que como dijo el historiador británico Tony Judt “Algo va mal”. ¿O no?
jpm


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