El afortunadamente improbable regreso a la presidencia de dos políticos que ya ejercieron ese cargo, Leonel Fernández, en tres ocasiones, e Hipólito Mejía, en una, es lo mejor que podría el destino depararles. Todos los regresos en la política latinoamericana han sido desastrosos.
Tenemos los emblemáticos casos de Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera, en Venezuela. Después de un quinquenio caracterizado por el auge de la industria petrolera de su país, Pérez, logró diez años después regresar con los mercados del crudo en baja y una evidente atmósfera de creciente descontento. La crisis económica lo obligó a ceder a las presiones del FMI emprendiendo un programa de rescate que implicó un aumento general de precios.
Las protestas no se hicieron esperar y apenas sobrevivió a un cruento intento de golpe de estado. Acusado de corrupción fue destituido y puesto en custodia domiciliaria. Hugo Chávez, cabeza de la fracasada asonada militar, fue encarcelado y condenado.
Le sucedió Caldera, de la democracia cristiana, con la promesa de restablecer el orden moral y enderezar la economía. Su liderazgo, ya mermado por la edad y el cansancio de la población, carecía de la fuerza necesaria para encarar el reto que Venezuela exigía. Amnistió a Chávez y llevó así a su país al borde de un abismo por el que se ha escapado la prosperidad y la democracia. Ahora Brasil y Ecuador se cuidan de esas experiencias cerrándoles el paso a Lula y a Correa.
Un regreso de Fernández en el 2020 sería similar a lo sucedido en Venezuela. Lo que no hizo en 12 años no le será posible hacerlo en condiciones políticas más adversas y con un liderazgo en decadencia.
Un regreso de Mejía, después de 16 años, sería un absurdo. En cualquiera de los dos casos, una congelación de la dinámica social y el fin del sistema de partidos como se le conoce hasta ahora. El transitorio de la Constitución debe ser válido para ambos.
JPM


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